La diseñadora Elsa Serrano siempre estuvo relacionada con el ambiente del espectáculo y con el círculo del poder político. Su momento de mayor esplendor fue durante la década menemista. “Yo le presté un servicio a la política y nada más. Todo el mundo venía a ver a Elsa Serrano”, relata.

Elsa recuerda cómo empezó su relación con su clienta más famosa: “El día que Menem asume yo no la visto a Zulema ni a Zulemita, a la que visto a es Susana, la cuñada. Pero un día estoy de viaje y mi hermana me dice que está con Zulemita, que tenía que ir a la Feria de Sevilla, y así empecé. Yo la vestía a Zulemita en representación del país”.

Pero a fines de los `90, cuando cambiaron las condiciones económicas y políticas, Elsa acumuló deudas millonarias y tuvo que rematar su casona de la calle Mansilla. “Yo no llevaba las cuentas, tenía un equipo de contadores, una creadora nunca está en los números, no hay que olvidar que era una empresa que fabricaba 45 mil prendas por temporada”, recuerda con tristeza.

Sin embargo, Elsa tuvo que reinventarse después de la debacle. “Cuando me decretaron la quiebra, les entregué la llave y me fui a mi casa. En mi cuarto de vestir puse un mesa de corte y en mi baño un probador. Me pude adaptar a una nueva vida, a una nueva situación económica. Yo me achiqué pero sigo trabajando, sigo creando”.

“Yo soy una luchadora incansable que jamás va a demostrar que está triste. Siempre miro al mañana”, remató.