Apuro de niños migrantes muestra la necesidad de invertir en Centroamérica

Lunes 30 de junio de 2014
El presidente Obama ha anunciado recientemente una nueva iniciativa para responder al aumento dramático de los niños migrantes no acompañados que están entrando ilegalmente a los Estados Unidos por la frontera sur. Más de 47.000 niños migrantes no acompañados han llegado a los Estados Unidos durante este año fiscal—casi 35.000 provenientes sólo de El Salvador, Guatemala y Honduras—lo que llevó al presidente Obama a designar a la Agencia Federal de Gestión de Emergencias de Estados Unidos (Federal Emergency Management Agency, FEMA) a gestionar la respuesta.

La impresión de ver a todos estos niños, literalmente a los pies de nuestra puerta, debe impulsar a los políticos a hacer un examen de conciencia acerca del por qué los menores huyen, por qué los padres les permiten huir, y si tiene sentido gastar mil millones de dólares deteniendo y deportando a niños centroamericanos mientras se gastan tan sólo US$98.700.000 en ayuda de desarrollo para El Salvador, Guatemala y Honduras, y US$161.5 millones para estos y otros países como parte de la Iniciativa de Seguridad Regional de América Central (Central America Regional Security Initiative, CARSI) para este año fiscal.

El número de menores que están llegando a la frontera estadounidense es impresionante, especialmente si se considera el tamaño de la población centroamericana. Por ejemplo, 9.850 menores no acompañados de El Salvador fueron detenidos por la Patrulla Fronteriza de EE.UU. en el período entre octubre de 2013 y mayo de 2014. En El Salvador hay 2.37 millones de niños, según los datos de UNICEF, lo que significa que aproximadamente uno de cada 240 niños de ese país ha tratado de cruzar a los Estados Unidos y fue detenido por la Patrulla Fronteriza en el transcurso en los últimos ocho meses. Los porcentajes para Honduras son semejantes y un poco más bajos, pero todavía impactantes, para Guatemala.

Te hace vacilar, la imagen de un niño o adolescente, sin padres ni guardianes, buscando hacer el largo viaje desde San Salvador o San Pedro Sula hasta los Estados Unidos. Algunos de estos niños son transportados por contrabandistas, quienes en muchas ocasiones están en colusión con el crimen organizado, y algunos otros viajan solos. Todos son vulnerables a los numerosos peligros que plagan a los migrantes durante sus viajes por México: bandas criminales que demandan dinero a los migrantes que viajan en el tren hacia el norte, quienes a menudo son tirados del tren si no pueden pagar, oficiales inescrupulosos buscando sobornos y el crimen organizado en busca de víctimas para secuestro o mulas para transportar drogas. ¿Qué motiva a una persona a confrontar todos estos peligros e incertidumbres?

Las notas de prensa en las semanas recientes han sugerido que mujeres y niños migrantes están llegando a los Estados Unidos bajo la percepción de que se les permitirá permanecer en el país. Puede ser que los contrabandistas también estén promoviendo esta idea en busca de más clientes. El gobierno de Obama ha dejado claro que su política de control migratorio no ha cambiado, y, de hecho, la infraestructura fronteriza y la fuerza de trabajo han incrementado en la última década. El viaje del vicepresidente Biden a Guatemala en la semana pasada reiteró este mensaje.

Sin embargo, más importante que la fuerza de esta percepción son los factores de "empuje" que impulsan esta ola de migración, los factores que hacen que los posibles migrantes, especialmente los niños y los adolescentes, decidan abandonar El Salvador, Honduras o Guatemala para venir a los Estados Unidos.

Detrás de esta ola migratoria se destacan dos factores subyacentes. El primero es la amenaza de violencia en las comunidades de origen de los migrantes, de la cual la juventud está especialmente en riesgo. La violencia es un problema grave en algunas partes de Centroamérica. Honduras tiene la tasa de homicidios más alta del mundo. La violencia doméstica y el maltrato infantil se han generalizado. Las pandillas se involucran en disputas violentas del terreno, la extorsión de las empresas y los residentes locales, el tráfico de drogas a pequeña escala, y reclutan especialmente a los jóvenes. Las pandillas se han convertido en difíciles fenómenos sociales y criminales en los países del llamado “Triángulo del Norte” de Centroamérica durante la última década.

Existen pocas protecciones contra la violencia porque las instituciones eficaces de seguridad pública son no existentes. Las fuerzas policiales son mal pagadas y tienen poco personal en sus divisiones de patrulla, las cuales no pueden impedir la delincuencia. Las policías investigadores no pueden investigar efectivamente ni el crimen ni la corrupción policial y la infiltración criminal de la policía permite que la delincuencia y la violencia florezcan con poca respuesta de las autoridades gubernamentales.

Además del problema de la violencia existe la falta de oportunidades, especialmente para los jóvenes, los pobres y la clase media-baja. En zonas rurales, los pequeños agricultores enfrentan barreras difíciles para producir para los mercados locales. El 75 por ciento de los que viven en las zonas rurales de Honduras viven en la pobreza. Los trabajos estacionales en las fincas más grandes que exportan café, azúcar y otros cultivos son mal pagados. El café, el principal cultivo comercial en Centroamérica, está sufriendo de un hongo devastador llamado "roya del café". The New York Times informó que "el veinte por ciento de los medio millones de puestos directamente ligados al cultivo en Guatemala ya han desaparecido".

En las ciudades, los trabajos en el sector formal que proporcionan prestaciones de salud y seguridad social y que pagan impuestos pueden ser escasos, y los salarios son relativamente bajos. Un estudio del Banco Mundial de 2012 declaró que el empleo en Centroamérica sigue siendo principalmente en empleos de baja calificación con trabajadores poco calificados, lo que subraya la necesidad de crear más puestos de trabajo, en particular los "puestos de trabajo que pueden romper el ciclo de pobreza y contribuir a un crecimiento económico sostenido". En las comunidades pobres, donde el acceso a los recursos es escaso y los niveles de educación son relativamente bajos, muchos jóvenes ven la vida de pandillas (viviendo por la extorsión y el tráfico de drogas a pequeña escala) como una de las pocas alternativas económicas viables.

Dado este contexto, no es de extrañar que los menores preocupados consideren que huir de sus entornos, o que los padres y parientes les ayuden a buscar la seguridad mediante la migración a los Estados Unidos.

En un estudio reciente de la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados se entrevistaron a 300 menores no acompañados procedentes de Centroamérica que habían sido detenidos por la Patrulla Fronteriza, sobre sus razones para abandonar sus países. La pobreza y la falta de oportunidades fueron factores clave en la decisión de emigrar. Además, el 31 por ciento notaron la violencia o amenazas de violencia de pandillas o grupos delictivos organizados como un factor principal en su decisión de irse, y el 16 por ciento enumeran otras formas de violencia social. El 20 por ciento mencionaron el abuso o la violencia en el hogar.

Estos son problemas profundamente difíciles, y no hay una solución mágica para resolverlos. No obstante, se debería hacer más para mitigar los problemas arraigados causando que tantos menores, por desesperación, emprendan un viaje peligroso a los Estados Unidos.

¿Qué se puede hacer para mitigar los factores de empuje?

Los niveles de violencia se pueden reducir. En el suburbio salvadoreño de Santa Tecla, por ejemplo, un esfuerzo de varios años que comenzó en el año 2003 está dando sus frutos. A través de los consejos comunitarios y los programas de prevención de la violencia local, la ciudad, con una gran población y problemas sociales significativos, ha sido capaz de lograr una reducción del 40 por ciento de los homicidios en comparación con las tasas de las comunidades cercanas.

La evidencia sugiere que continuar invirtiendo en las iniciativas cautelares para la violencia comunitaria, que involucre a los grupos comunitarios locales, las iglesias, la policía, y las agencias de servicio social y del gobierno, puede marcar una diferencia importante. Como se ilustró en un reporte reciente por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, cuando se combinan estas iniciativas con los esfuerzos serios para eliminar la corrupción policial y mejorar la eficacia y la moral de la policía, el impacto puede ser significativo.

De manera similar, los esfuerzos dirigidos a crear oportunidades de empleo pueden tener efectos positivos. Estos esfuerzos requieren un compromiso por parte de los gobiernos nacionales y locales de Centroamérica, y una inversión de capital político de los Estados Unidos y otros contribuyentes (la Unión Europea, las Naciones Unidas, etcétera). Pero, estos dan resultados: pueden reducir el crimen y la violencia, y las fuerzas que obligan a los menores a intentar emigrar ilegalmente hacia los Estados Unidos.

Comparados a los estándares de lo que ahora estamos invirtiendo en la gestión migratoria—18 mil millones dólares al año—y lo que estamos pensando en invertir en viviendas y centros de detención provisional para menores no acompañados—más de mil millones de dólares—nuestra presente inversión en la prevención de violencia y en la asistencia para el desarrollo en Centroamérica palidece.


* Geoff Thale es Director de Programas, WOLA, especializado en Política de Estados Unidos hacia América Latina, Cuba y las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, Centroamérica, El Salvador, Pandillas juveniles, Crimen y prevención de la violencia. Oficina en Washington Para Asuntos Latinoamericanos (WOLA)