Lugano: derecho a la Ciudad, espacio público y protección social

Miércoles 24 de septiembre de 2014
Una vez más, varias semanas después del conflicto del asentamiento “Papa Francisco” en el barrio de Lugano de la Ciudad de Buenos Aires, una pregunta nos debería aparecer casi a los gritos nuevamente: ¿por qué?

Por qué la degradación humana de chicos y adultos, de familias enteras atrapadas en estas precariedades en exceso? Por qué la destrucción ecológica y la construcción desprotectora de un espacio público y espacio territorial deshumanizado en la Ciudad más opulenta y rica del país?

La situación de los “sin techo” y “situación de calle” sigue ahí en la Ciudad de Buenos Aires. Intacta. Dolorosa. Interpelante a nuestras vidas. Esas miles de historias de vida de niños/as y adultos excluidos que nos vociferan ¿por qué?. Cercana. Presente. Constante. Que se transformó en parte de nuestro “paisaje” urbano naturalizado.

El proceso histórico en la Ciudad produjo una trama de patrones sociales excluyentes. Imposición a variados grupos sociales de niveles de vulnerabilidad con impactos negativos sobre sus vidas, sus cuerpos, sus historias. Es decir, cada día más nuevos grupos poblacionales (personas situación de calle, migrantes, usuarios de drogas, personas tratadas y trabajo esclavo, los sin techo y desalojados) en esta Ciudad caen en una envolvente sociedad excluyente que se viene construyendo y consolidando. En este contexto, sin duda analizar la relación existente entre Estado, Sociedad Civil y Mercado con respecto al espacio público y el territorio porteño, nos habla del tipo de “derecho a la Ciudad” diferencial que hoy tenemos en ella. No decimos nada nuevo si afirmamos que algunos son más iguales que otros, y algunos tienen más derechos que otros a esta Ciudad de “Buenos Aires”.

Las fuerzas del mercado y demográficas en la Ciudad produjeron una expansión de la “marginalización” y la profundización de un modelo urbanista-rentístico basado en la segregación radical del espacio sólo para los “incluidos en el mercado”. Esto nada tiene que ver con indicadores sobre pobreza por ingresos o NBI nacionales. La producción social del espacio y la propiedad en la Ciudad bajo concepciones lineales, mercantiles y tecnocráticas privilegió una ciudadanía tutelada, restrictiva y corporativa. En este escenario, el Código de Contravencional de la Ciudad, las rejas para cierre de las plazas “públicas”, los brutales desalojos sistemáticos, la Policía Metropolitana y limpieza urbana, la “video-vigilancia” son buenos ejemplos de estos patrones. Pérdida del espacio universalmente público y de calidad para la vida en la Ciudad, con la consolidación de nuestra propia degradación humana y atrapados por un espiral de mercantilización de la vida.

En este marco, la “situación de calle” como la de los “sin techo” en la Ciudad de Buenos Aires es un símbolo del deterioro y segmentación profundamente inequitativa del espacio urbano. El Estado de la Ciudad estructuralmente privilegia modos de vida malsanos, de individualismo, de consumismo destructor y ecológicamente insustentables que naturalizan la “desaparición de la vida de los no incluidos al mercado y la propiedad”. Primacía del mercado del negocio inmobiliario, de consumo, de la ciudad shopping. En definitiva, la Ciudad es una sociedad de mercado que no se direcciona hacia la producción de la vida, sino hacia la producción de objetos de mercado.

En primer lugar, para comprender las claves de la situación de calle y los sin techo (dos procesos vinculados pero no similares) con el derecho a la Ciudad, debemos retomar una dimensión histórica de los procesos sociales, económicos-políticos, ecológicos y culturales. Los procesos sociales actuales en el espacio urbano sólo pueden ser comprendidos en una historicidad de la exclusión. Es imposible comprender la salud y cuestión social de estos grupos sociales excluidos sin estudiar sus modos de vida determinados socialmente. Las reflexiones más frecuentes suelen observar que esos modos de vida oprimidos derivan en estilos de vida individuales destructivos (adicciones, violencia, otros) y condiciones de vida precarias de sobrevivencia en un asentamiento, o peor aún, en la calle. Aunque no podemos obviar las carencias y simplificaciones en exceso de estos análisis al desvincular estas situaciones de exclusión de los grados de libertad y autonomía individuales-colectivos. Incluso a veces haciéndonos caer en la trampa del espejismo bestial de la tecnocracia porteña que aduce brutal y vulgarmente que la “situación de calle” o los “sin techo” casi son un estilo de vida “elegido” que se deriva de conductas “anormales” y hábitos “malsanos”.

En segundo lugar, la dimensión epidemiológica de la exclusión social, es también la realidad sanitaria de la Ciudad de Buenos Aires en toda su extensión. Sus enfermedades, sus muertes evitables, sus padecimientos mentales, sus adicciones atraviesan a la sociedad porteña en su conjunto, sobre lo cual lamentablemente cada día más algunos "vecinos/as" construyen relatos y prácticas de estigmatización, discriminación y desencuentro humano. Por un lado, el sistema de salud pública porteño continúa dando la espalda a las poblaciones excluidas, abandonando cualquier atisbo de estrategias promocionales, preventivistas y de cuidado en el espacio público y espacio urbano (en el barrio, asentamiento, la calle, la familia, otros). Este sistema de salud no puede continuar trabajando en el “misticismo” de supuestos resultados que se traducen en indicadores sanitarios tradicionales omitiendo los procesos sociales deshumanizantes de desigualdades que conviven entre nosotros/as.

La deriva hacia el tratamiento penal de la miseria y exclusión social en Ciudad de Buenos Aires es la tercera consecuencia palpable. Prefija un sin sentido estadístico de “violencias urbanas” donde se aduce con una serie de lugares comunes, supuestos, impresiones y esteriotipos que mezclan todo sin criterio alguno, que claramente sólo buscan vincular “exclusión” a los “Otros no-ciudadanos” con la “inseguridad” material. Apuntando a redefinir los problemas sociales en términos de “seguridad represiva y de respuesta penal”. Chicos/as de la calle, cuida-coches, cartoneros, asentamientos, esos que “invaden” es el principal objetivo a "desaparecer del paisaje urbano".

La necesidad de construir una política público-social urbana, pensando en clave colectiva pareciera ser una respuesta obvia. Aunque lo obvio no parezca frecuente. Replantear la noción de espacio urbano, de la esfera pública vinculada a la protección social son desafíos de las grandes urbanizaciones y el derecho a las Ciudades. Nuestro sistema político porteño parece seguir en otra frecuencia. Una cuestión fundamental a comprender es que la “situación de calle” como la de los “sin techo” no depende sólo de dar respuestas a condiciones materiales “básicas u esenciales”, sino que un punto sustantivo en la determinación de sus modos de vivir no saludables son las precariedades de la identidad ciudadana y la construcción de la subjetividad colectiva e individual.

Apostamos a que nuestra praxis humana y en sociedad se oriente en principio hacia el desarrollo y cuidado de la vida y el compartir los recursos de la vida. No podemos pensar en una “ciudad saludable y con seguridad (social?)” sólo en términos de indicadores epidemiológicos o de indicadores de consumo, sino se refleja en una Ciudad donde haya espacio público para la vida y la plena vigencia del derecho integral a la salud y seguridad social para todos/as. No podemos reducir la mirada de la salud colectiva sólo a un sistema de salud porteño que se enfoque exclusivamente a expresiones de carencia, reparación o pérdidas físicas/biológicas, a servicios de salud que respondan instrumentalmente a enfermedades, sin construir una perspectiva integral sobre la calidad de vida saludable de la Ciudad apuntando a modos de “vivir bien” y protectores socialmente de todos y todas.

Necesitamos una Ciudad donde primen los criterios de sustentabilidad, derechos de ciudadanía social y modos de vida saludables como fundamentos de las políticas y de la gestión pública en nuestros espacios urbanos. Estas son nuestras armas secretas. Procesos protectores y de cuidado en un espacio público de encuentro ciudadano. Es un proceso civilizatorio. En definitiva, se trata de humanizar nuestras Ciudades. Se trata de humanizarnos.

* Por Gonzalo Basile Presidente y Coordinación regional América Latina y el Caribe Médicos del Mundo