El descuartizador de Madrid realizaba ritos satánicos

Es el acusado de matar y descuartizar a una argentina en Madrid. Vecinos dicen que invocaba a gritos a Lucifer y sacrificaba animales.
Martes 21 de abril de 2015
El supuesto descuartizador de Majadahonda, Bruno Fernández, de 32 años, realizaba ritos satánicos en su domicilio e invocaba a gritos a Lucifer, según los vecinos de Móstoles donde residió hace al menos diez años junto a su hermana y su padre. También compraba animales vivos en una tienda que luego sacrificaba y en varias ocasiones llegó a provocar pequeños incendios en su domicilio al practicar alguno de los rituales sangrientos que provocaron las llamadas de los vecinos a la Policía.

Bruno estuvo al menos dos veces ingresado en la Unidad Psiquiátrica del Hospital de Móstoles y tenía recetada una medicación especial para controlar los episodios esquizofrénicos que sufría, según las mismas fuentes que indicaron que estaba pendiente de ingresar en un centro psiquiátrico.

Hasta el momento, está encarcelado por su presunta relación con la desaparición de una mujer argentina de 55 años, Adriana Giogiosa. Ésta residía en la casa que Bruno heredó de su tía en Majadahonda de la que tampoco se sabe nada desde hace años.

En la calle Teruel de Móstoles los vecinos no paran de describir los comportamientos extraños de Bruno que podían hacer presagiar que había algo más detrás de su «actitud seca y distante». «A veces gritaba '¡Lucifer!' desde la ventana y se reía como un loco, otras daba golpes o quemaba incienso», asegura una de las vecinas del bloque, que como el resto, todavía tiene el miedo metido en el cuerpo. «Llevo todo el día temblando», afirmó al conocer que Bruno podría estar detrás del crimen de una mujer y de su tía.

El sospechoso se mudó junto a su padre y su hermana a Móstoles hace unos diez años. Al parecer «antes vivían en Estados Unidos», según los residentes. Desde entonces los golpes, el ruido de movimiento de muebles, la «música satánica» o las frases incoherentes y repetitivas «Ser, venir, estar, ser, venir, estar...», formaban parte de la acústica del vecindario.

Guardaba en la terraza de su casa una pala que nadie sabe para qué servía
«Hace aproximadamente un año le dio un brote psicótico y empezó a gritar '¡Satán!, ¡Satán!'. Pensábamos que se podía autolesionar y llamé a la Policía. Vino el Summa y cuatro agentes, que se lo llevaron a la fuerza», recuerda una de las residentes del edificio.

Otra vecina asevera que estuvo entonces ingresado en un centro psiquiátrico «y no era la primera vez». «Daba mucho miedo ese chico. Ponía la voz muy grave, como si fuese otra persona, chillaba cosas de guerras y se reía mucho. Además -añade- tenía una pala enorme en la terraza que nos preocupaba».

Otro objeto de Bruno no pasó desapercibido para la persona que lo construyó. La dueña de una tienda de objetos artesanales próxima a la vivienda recuerda como le encargó hace varios años que fabricase un cristo de marmolina. «Me pidió que lo pintara e insistió en que quería que tuviese mucha sangre; me pareció muy raro», explica.

Según varios testimonios, el presunto descuartizador de Majadahonda «había estudiado informática, aunque no se le conocía trabajo». Su padre regenta desde hace años un bar a escasos minutos de su domicilio y su hermana pasa largas temporadas fuera de casa por motivos de trabajo. La relación filial distaba mucho de ser cordial, según indican los vecinos.

«Discutía mucho con su hermana y le decía que se comportaba así porque su madre de pequeño le pegaba y le encerraba en el cuarto de baño cuando no quería comer. Creemos que les abandonó hace años», explican.

«También hacía fuego dentro de casa y olía de forma muy rara. Un día salió tanto humo que tuve que avisar a la Policía y a los Bomberos», resaltó otra mujer.

En los últimos meses se le veía con «una joven rubia extranjera» a la que en ocasiones subía a casa y con la que mantenía una relación sentimental. «Ella tenía un hijo y venía con él a verle pero ni siquiera nos saludaban en la escalera», apuntó. Este hecho llamó poderosamente la atención de los vecinos, ya que durante los años en los que Bruno vivió en el bloque «apenas salía de casa y no parecía que se llevase con nadie».

Para mucho de los residentes además era muy identificable. «Es rubio, delgado, con el pelo rizado y siempre parecía que te estaba perdonando la vida», señaló Jorge, también residente en la misma calle. «Aquí menos mal que no echamos de menos a nadie, sino pensaría que ha pasado lo mismo que en Majadahonda», agregó.