Scioli, el candidato oficialista con perfil conciliador

El gobernador bonaerense, flamante Lic. en Comercialización, se muestra como dialoguista y componedor.
Martes 20 de octubre de 2015
Del papa Francisco a Pimpinela, de Nacha Guevara a Alberto Samid, de Ricardo Montaner a "Pacho" O'Donnell y de Mirtha Legrand a Charly Alberti, Daniel Scioli responde como pocos al pragmatismo peronista que condensa un colectivo heterogéneo detrás de la figura del conductor. Por eso, se propone cerrar la "grieta" en caso de ser electo Presidente.

Algunos dicen que no es el del kirchnerismo, otros dicen los contrario. Aunque en el último tiempo haya profundizado su alineamiento con los inquilinos de la Casa Rosada. Su impronta es la de integrar posiciones distantes y "llevar la discusión a todos lados", como admitió durante su significativa incursión al programa "6,7,8", donde antes lo habían tratado nada menos que de "candidato de los fondos buitre".

Dialoguista, componedor, deportista, cultor del ajedrez, amigo de sus amigos pero también de sus enemigos y atento a los reflejos del mundo del espectáculo, Scioli aplica el manual peronista con más rigor que el selecto grupo que lo designó como único candidato del oficialismo, en el broche de oro de una convivencia tirante que hoy encontró su remanso.

Flamante licenciado en Comercialización en la UADE -una deuda que tenía pendiente desde hace cuatro décadas con su fallecido padre, José Osvaldo Scioli, cuando abandonó sus estudios-, lleva "las tres P" como filosofía de vida: "Paciencia, prudencia y perseverancia".

Con una disciplina rígida de entrenamiento -hace aeróbico todas las mañanas- y alimentación -es su obsesión-, que extendió a su conducta política, el ex motonauta se encuentra a sus 58 años ante el desafío de subsanar, desde el kirchnerismo, la división de la sociedad que la oposición le atribuye al Gobierno por su estilo confrontativo. No era el candidato esperado por la ortodoxia oficial, pero fue el candidato posible.

Cultor de la imagen, Scioli se ocupa personalmente de todas las fotos que distribuye su equipo de comunicación, y nunca sacrifica la infusión de sopa que antecede a cada almuerzo o la pastafrola de la merienda.

Sus primeros movimientos de campaña evidenciaron el copamiento de su estilo abierto y conciliador sobre las filas del kirchnerismo, cuyos referentes asisten impávidos a la convivencia "forzosa" con las figuras de la farándula que apuestan por su victoria.

Garantizada la candidatura presidencial en solitario en el Frente para la Victoria, ya no disimula su intento de trazar una línea de continuidad entre el punto de inicio de su carrera política, en 1997, y este presente que lo encuentra como el bendecido de la presidenta Cristina Fernández.
Mal que le pese al comando K, sus gestos apuntan a unificar posturas irreconciliables: la promesa de concretar la "autonomía" porteña retaceada al macrismo, la búsqueda de contención a la tropa de gobernadores opositores y el variopinto elenco de invitados a las cenas con Carlos Zannini y el camporismo son apenas muestras de la etapa política que pretende comandar.

"El kirchnerismo se sciolizó, y Daniel, si gana las elecciones, el 11 de diciembre va a nombrar a su gabinete y va a definir las políticas. El que no lo crea, es porque no lo conoce", define un sciolista de la primera hora, en una apuesta por despejar dudas sobre el supuesto cepo kirchnerista corporizado en la figura de Zannini.
Movimientos tácticos del candidato que ni siquiera excluyeron planes de "charlas" con Hebe de Bonafini y los fríos intelectuales de Carta Abierta, además del "baño de progresismo", no ya de humildad, que aportaron los encuentros con Raúl Castro, Evo Morales y Lula Da Silva. Para Scioli nunca hubo sobresaltos, y así lo admitió en el recinto hostil de "6,7,8": "Los que cambiaron fueron los otros".