La ceremonia de ayahuasca VIP que terminó en abuso sexual

Fue organizada en el delta del Tigre por el reconocido galerista de arte Ignacio Liprandi: un aborigen de la selva peruana la ofició. En el curso de la noche, tres chicas fueron atacadas.
Sábado 21 de mayo de 2016
Primero, hay que explicar al anfitrión. Ignacio Liprandi podría haber sido ministro, una estrella política en ascenso. Uno de los coleccionistas de arte contemporáneo más cortejados del circuito local y ex financista en Miami para varias firmas de peso, Liprandi fue uno de los pioneros en el armado original del PRO, el encargado de trazar los primeros programas culturales del gobierno de Mauricio Macri. Su nombre sonaba con fuerza para encabezar la cartera de Cultura hasta que fue eliminado a fines de 2007. Se dijo que el entonces cardenal Jorge Bergoglio, antes de ser Papa, le bajó el pulgar supuestamente por manifestarse a favor del matrimonio gay.

Liprandi luego se convirtió en galerista de arte, con un espacio que lleva su nombre. Cualquier artista que goza de su atención tiene, en cierta forma, el éxito asegurado. Hoy, en el mundo del arte, estar con Liprandi es estar bien: su galería tiene un lugar megaeventos en el exterior como Frieze y Art Basel, mecas de la venta de obra. Tiene también su lugar en la actual edición de arteBA, donde donó piezas a la colección del MALBA. Pero, por otra parte, Liprandi tiene otras búsquedas, quizás menos mundanas.

El 11 de enero de 2014 por la noche, en el living de su casa rústica del arroyo La Horca del delta del Tigre, en la zona del Paraná de las Palmas, presentó ante una docena de jóvenes lo que fue quizás su más exótico hallazgo: un aborigen de la selva peruana, miembro de la etnia shipibo. Un chamán. De baja estatura, con un español escasamente incomprensible, Plácido Rodríguez Castro venía del poblado de San Francisco, en plena Amazonia. Liprandi lo había conocido meses antes, en una suerte de peregrinación psicodélica. El chamán Plácido llegaba como un supuesto sanador, envuelto en un aura mística, para administrar lo que era su medicina de la jungla; una dosis de ayahuasca, el poderoso alucinógeno líquido que induce visiones fantásticas y supuestas transformaciones en la psiquis, en una ronda ritual que duraría toda la noche. No se trataba de drogarse por amor a la droga; había un componente espiritual, una misión interior, al menos en teoría.

Para esto, Liprandi reunió a su audiencia, la mayoría de clase media alta, entre ellos artistas, aspirantes a místicos, seguidores de terapias alternativas. Los había convocado vía mail, cobrándoles 750 pesos por la experiencia, almuerzo incluido. "Hola amigos lindos, el sábado 11 de enero compartiremos un nuevo fin de semana con la Madrecita -un eufemismo para referirse a la ayahuasca- en el Delta, esta vez junto a Plácido Rodríguez Castro, chamán shipibo del Amazonas peruano a quien conociera en su tierra en julio pasado", les escribió Liprandi en un correo en cadena a unos pocos.

No era la primera vez que Liprandi organizaba un encuentro psicodélico. En su interés por lo exótico, que lo llevó por instrumentos musicales africanos y disciplinas espirituales de Oriente, Liprandi se dedicó a una ambición al menos peculiar: convertirse en un chamán él mismo. Había comenzado meses antes a ofrecer reuniones todavía sin droga en su departamento de Barrio Norte, encuentros de canto grupal con mantras de la India y el Tibet o melodías ícaras, típicas de la tribu shipibo a la que pertenece Plácido Rodríguez, que se usan para acompañar las rondas de ayahuasca. Que comenzara a servir el mismo la sustancia fue una cuestión de tiempo. Cuando llegó el chamán Rodríguez Castro, muchos ya estaban bajo el efecto de la ayahuasca: Liprandi había ofrecido una toma esa misma mañana, de acuerdo a testimonios.
En la casa del Delta, con los jóvenes reunidos en ronda, Rodríguez Castro comenzó a llamarlos uno por uno para comenzar el rito. Se suponía que sería algo sagrado, una experiencia sanadora, con la ayahuasca como combustible espiritual. Pero en el transcurso de la noche, tres chicas fueron abusadas sexualmente. Una de ellas, posiblemente violada con una penetración forzada. Dos de ellas señalaron a Rodríguez Castro como el responsable. A más de dos años del hecho, que se mantuvo en estricto secreto, ninguna de ellas hizo una denuncia ante la Policía o frente a un fiscal.

En privado, Liprandi temió un escándalo. No se trataba de narcotráfico, de caer preso como un proveedor de estupefacientes: sabía bien que en 2014, ante la ley argentina, la ayahuasca todavía no era una droga. La dimetiltriptamina, el principio activo que vuelve a la ayahuasca una potente sustancia visionaria, recién ingresó en 2015 al decreto que enumera las drogas prohibidas en el país, luego de años de un arcaico retraso legislativo. Evidentemente, para el galerista, se trataba de sexo, y de cómo callar el problema.

"B", la primera chica en pasar con el chamán fue quien rompió el silencio sobre lo ocurrido en el Tigre bajo un estricto pedido de anonimato. "B" frecuentaba el circuito porteño de la ayahuasca al menos desde mayo de 2013. Es una escena de pocos proveedores, con seguidores que se congregan en el delta del Tigre, en chacras en las afueras de Buenos Aires y en distintos puntos del delta del Tigre. "Cualquiera que tenga ayahuasca y convoque gente puede servirla. La traés desde Perú o Brasil, lo peor que te puede pasar es que te la tiren en la Aduana. Nadie lo regula. Lo peor que te puede pasar es que te la hagan tirar en la Aduana. No es difícil entrar a las ruedas tampoco; es un boca a boca de confianza. Se hace una primera toma, luego una segunda y si uno quiere seguir tomando, lo pide. Podés llegar a tomar cuatro, cinco veces", decía "B" a comienzos de 2014.

El "dietado", o el período de depuración antes de una toma, que puede incluir abstinencia sexual, es parte del proceso. Algunos de los habitués frecuentan los "feitios" en Brasil y Perú, donde el té de ayahuasca se cocina ritualmente, mezclando la planta chacruna y la liana yagé. "B" formaba parte de las rondas de "Agni", una reconocida facilitadora local de la substancia. Allí fue donde conoció a Liprandi, a quien comenzó a frecuentar. Su confianza la llevó a sentarse frente por primera vez frente al chamán en un deck sobre el jardín, en plena noche.

Vestido en una túnica elaborada, sin ropa interior, Rodríguez Castro comenzó a preguntarle directamente sobre sexo: con cuántos hombres había estado en su vida, si había tenido relaciones en la víspera. B. le contestó que sí. Al oír eso, el chamán frunció el ceño: "Me dijo que tenía una energía complicada, que me tenía que limpiar. No me sonó descabellado". Rodríguez Castro le pidió que se desnude.

El shipibo comenzó su tratamiento, por así decirlo: "Ahí me empezó a soplar humo en la vagina, me hizo abrir, me miró intensamente. Me abrazó. Fue muy incómodo. Ahí todo empezó a ser raro. Yo pensé: 'Es un médico, me va a ayudar'". Las defensas de B. no estaban precisamente altas: había tomado ayahuasca esa misma mañana. "Estaba todo etéreo, era un estado de inocencia", dice. Luego, en el living, el chamán sirvió la ayahuasca. Tiempo más tarde, Rodríguez Castro anunció que daría "tratamientos individuales" a algunos en la ronda. Una amiga de B. fue de las primeras. Volvió espantada, temblando. B. se le rió. Luego, ella misma fue llamada.

En una habitación en la casa, con la puerta entreabierta, Plácido comenzó a acercarse, según su testimonio: "Yo ya estaba en el estado de ayahuasca. Me empezó a decir 'vos vas a ser la mujer del chamán, sos muy hermosa, casate conmigo'. Me pidió que lo bese como si fuese su amante, me succionó la lengua. Me tocaba cuando me distraía". Luego, el chamán la metió junto a él bajo su túnica, para apoyarle varias veces su pene erecto. B. repetía: "No, no, me quiero ir". En charlas posteriores, supo que su amiga había pasado por algo similar. Para el final de la noche, no habían sido las únicas.

Junto al chamán, había llegado al arroyo La Horca un nuevo grupo de jóvenes, entre ellas una chica de 25 años, esbelta, de impronta hippie, pelo rubio, cara aniñada. Su presencia fue fugaz: partió con la salida del sol. B. y su amiga llegaron a ella, eventualmente, a través de un mail. "Nos lo contaba entre líneas", dice B: "Después la vimos, ella estaba mal. Le preguntamos si el chamán la había violado. Nos dijo que sí, que la penetró". La tercera joven atacada reconoció el hecho, pero no quiso admitir si fue penetrada. No quiso denunciar penalmente a Plácido: "No tengo interés en seguir exponiéndome. La policía no va a hacer nada y yo voy a seguir pegada a eso. Si los tiempos de la Justicia correspondiesen a los tiempos del dolor, no lo dudaría", dijo.

Finalmente, tras la rueda en el Tigre, las chicas confrontaron a Liprandi: le exigieron carear a Rodríguez Castro. Habían tardado en caer: se sacaron una foto grupal la mañana después.

Consultado por los presuntos ataques de chamán, lejos de negarlos, Liprandi los admitió en un e-mail al autor de esta nota: "El abuso de tres mujeres a manos de este energúmeno, con quien me equivocara groseramente al considerarlo un chamán, Plácido Rodríguez Castro, al que conocí dietando con su hermano en la localidad shipiba de San Francisco, Perú, en julio del 2013 me parece desde todo punto de vista condenable, y ya me he ocupado de alertar en su comunidad para evitar que esto se repita", escribió.

Liprandi se excusó de seguir hablando amparándose en las víctimas mismas: afirmó que algunos días después de la noche en el Delta se reunió con dos de ellas y que le pidieron "guardar absoluta discreción con respecto a lo sucedido el 11 en mi casa". Un mes después, paradójicamente, "B." rompía el silencio ante un grabador periodístico y contaba su historia.

A B., por el simple hecho de hablar, el circulo ayahuasquero al que pertenecía le dio la espalda; hasta su amiga que fue supuestamente abusada junto a ella en la noche del 11 de enero decidió no hablarle. Con casi 30 años, no dio su testimonio llorando: lo hizo indignada, con hastío. "Quiero que esto trascienda porque la próxima puede morirse alguien", lanzó. En un primer momento, decidió denunciar todo en un grupo cerrado de consumidores en Facebook, al que Liprandi tiene acceso. Ante la comunidad ayahuasquera, Liprandi también hizo su descargo: dijo estar indignado, afirmó nuevamente que echó al chamán Rodríguez Castro de su casa.

Sin embargo, en su respuesta, el galerista habló del potencial riesgo -para él- de hacer una denuncia policial, y del revuelo mediático que implicaría. Lo mejor parecía ser resolver el tema puertas adentro. Varios gurúes locales ayahuasca comenzaron a mirarlo con recelo; ya lo consideraban un improvisado en un asunto delicado. Otro chamán porteño que servía ayahuasca en sus propias rondas en el Tigre le dedicó una larga carta abierta con fuertes críticas a Liprandi. Jorge Giménez, psicólogo transpersonal y también chamán que fue detenido en la "Operación Kambo" de este mes, oyó también del caso: "El shipibo comete estos abusos con turistas o mujeres blancas porque si lo hace con una de su comunidad lo liquidan", analizaba.

A mediados de marzo de este año, B. se comunicó por última vez: dijo había tomado el valor para denunciar el abuso en una fiscalía de Tigre. Sin embargo, aclaró que hablaría antes con Liprandi, que le parecía lo correcto avisarle. La denuncia no se hizo hasta hoy. Algo ocurrió en el medio. Plácido Rodríguez continuó libre. A pesar de la advertencia de Liprandi en su comunidad, una publicación de Facebook de febrero de este año anunciaba la creación de un centro ayahuasquero en San Francisco con el chamán como principal atracción.