Nadó para escapar de la guerra y ahora sueña en Río

Yusra Mardini escapó para salvar su vida. Hoy tras un gran esfuerzo, demuestra la dedicación y disciplina que logró para estar en los Juegos Olímpicos más importantes de su vida. Conocé su historia.
Viernes 5 de agosto de 2016

Yusra Mardini, una nadadora olímpica, llevaba una hora y media de su primera sesión de entrenamiento del día, dando patadas de mariposa a lo largo de la pileta con un patito amarillo de plástico en su cabeza.

Otros jóvenes nadadores compartían el carril, pero Mardini, de 18 años, seguía su propio ritmo, dirigiéndose a toda velocidad por el centro, emergiendo al borde de la piscina de vez en cuando para intercambiar el pato —que utiliza para practicar su equilibrio— por un snorkel o una tabla de natación.

Desde octubre, Mardini ha estado practicando en el centro de entrenamiento de Wasserfreunde Spandau 04, uno de los clubes más antiguos de Berlín. Los nazis construyeron la piscina para las olimpiadas de 1936.

Todos los aspectos de la travesía de Mardini a los juegos de Río han sido difíciles de creer. Competirá en el primer equipo de refugiados en unas olimpiadas, una hazaña que era impensable hace menos de un año cuando tenía el agua hasta el cuello en el mar Mediterráneo mientras nadaba para salvar su vida.

En agosto pasado, Mardini y su hermana Sarah escaparon de Siria, envuelta en una guerra civil al parecer interminable, y se embarcaron en un viaje largo a través de Líbano, Turquía y Grecia; subieron por los Balcanes y Europa central, hasta llegar a Alemania después de esquivar su posible captura o muerte. Cuando el bote donde viajaban se rompió entre Turquía y Grecia, ella y su hermana, quien también es nadadora, saltaron al agua y ayudaron a guiar el bote hasta tierra firme.

La historia de Mardini captó la atención del público en marzo, cuando el Comité Olímpico Internacional la identificó como candidata para competir en un nuevo equipo de refugiados, conformado por atletas que están fuera de su país o que de otra manera quedarían excluidos de los juegos. De repente los medios destacaban su participación como el ejemplo perfecto de cómo Alemania le daba la bienvenida a una joven promesa… una historia positiva en medio de la crisis mundial de refugiados.

Mardini se integró al equipo de refugiados de manera oficial en junio, junto con nueve atletas de Siria, Sudán del Sur, la República Democrática del Congo y Etiopía. El equipo, que oficialmente lleva el nombre de Atletas Olímpicos Refugiados, competirá con la bandera y el himno de los Juegos Olímpicos, y será el penúltimo en entrar al Estadio Maracanã en la ceremonia de inauguración, justo antes de los anfitriones. Mardini competirá en las modalidades de 100 metros estilo libre y 100 metros estilo mariposa.

“Será realmente genial”, dijo, mientras arrojaba una mochila color rosa neón sobre una mesa en la cafetería del centro de entrenamiento.

Unas semanas antes acababa de enterarse de que había logrado ser parte del equipo olímpico; se lo había dicho un grupo de periodistas que había llegado al apartamento donde ahora vive con su hermana.

“Solo supe hasta ese momento porque jamás abro mis correos electrónicos”, dijo Mardini.

Después, dijo, los periodistas le contaron que una amiga suya, Rami Anis, otra nadadora siria, también estaba en el equipo. “Ahí fue cuando de verdad me emocioné”, dijo Mardini.

Mardini se cambió y se puso una sudadera (un regalo de la marca alemana de ropa para natación Arena) y con una secadora peinó su cabello hasta que quedó en capas brillantes que le llegaban más abajo del hombro. En cada oreja se puso dos aretes: una perla y un diamante de fantasía.

El estado emocional de la atleta cambia frecuentemente: a veces frenética y con emoción incontenible; a veces absorta y aburrida. Envía mensajes de texto frecuentemente. En otras palabras, es una adolescente.

“Desde que era pequeña me metían al agua”, dijo Mardini, quien creció en el suburbio de Daraya en Damasco. Su padre, un entrenador de natación, comenzó a entrenarla cuando tenía tres años. Mardini llegó a competir en el equipo nacional de Siria y recibió el apoyo del Comité Olímpico Sirio.


Sin embargo, la guerra se desató en 2011, cuando tenía 13 años, y ella vio cómo su vida, relativamente idílica, empezó a cambiar.

“De pronto no podía ir adonde quisiera o mi mamá me llamaba y me decía: ‘Regresa; algo está pasando allá’”, relató.

Cerraban la escuela varios días, dijo, “o quizá alguien disparaba un arma y yo tenía que correr”.

Sin embargo, el mundo que compartía con sus amigos y compañeros de clase, dijo Mardini, siguió de manera habitual en su mayor parte. “Jamás hablábamos de la guerra”, dijo. “¡Era muy molesto! Al principio, todos hablaban de eso, pero después de algunos años, pensábamos: ‘Bueno, si me voy a morir, ¡me voy a morir! Pero déjenme vivir mi vida. ¡Quiero ver a mis amigos!’”.