La carrera suicida por la audiencia

Lunes 10 de octubre de 2016

OPINIÓN:

Mi sobrina Irene estaba el otro día viendo en su tablet una grabación que había colgado en YouTube una niña de su edad. Mi sobrina Irene tiene 11 años y no sé exactamente de qué iba el vídeo, pero sí me fijé en que llevaba 23.000 visitas. A lo largo de mi carrera como periodista solo he cosechado un éxito similar una vez: con la entrevista a Pablo Iglesias. Ya ha superado las 212.000 visualizaciones, pero es un episodio aislado, cuyo mérito sería además presuntuoso atribuirme. Lo normal es que mis artículos se queden en unos cientos de lectores. Nada que ver con los 47.400 me gusta que alcanzó en Instagram la foto del empeine agujereado de Filipe Luis tras el plantillazo que le propinó Luis Suárez. En Actualidad Económica, cuando un texto supera los 20 me gusta en Facebook, hacemos la ola.

No se trata de un problema exclusivamente nuestro. Decenas de colegas trabajan cada día con esmero sus reportajes. Pasan horas contrastando versiones y consultando fuentes; se dejan los ojos leyendo análisis y papers, y funden luego los datos obtenidos en piezas bien escritas que son, sin embargo, fácilmente superadas por las andanzas de Kim Kardashian o una galería de 32 perros que adoran viajar en coche. En Unidad Editorial nos lo recuerdan a cada paso unos paneles en los que figuran ordenados por audiencia los artículos.

Este tipo de retroalimentación ha inducido a muchos redactores a "rellenar la página con contenidos que puedan potencialmente dar 400 millones de visitas", como denunciaba este verano en su blog Antonio Villareal. Es una reacción comprensible. El modelo de negocio de la prensa se ha basado tradicionalmente en la difusión. De ella dependían no solo los ingresos comerciales o publicitarios, sino la influencia política y el propio prestigio. Ser el más leído era hasta hace poco un signo de excelencia.

Por desgracia, buena parte de esa difusión era prestada. Mucha gente compraba el periódico para mirar los anuncios clasificados, las esquelas, la programación de la tele, la cartelera... Ahora se puede acceder a todos esos productos sin necesidad de pasar por el quiosco. Internet ha desagregado los contenidos y ha puesto a cada uno en su lugar y, al parecer, esos editoriales sobre la paz en Oriente Próximo de los que tan orgullosos estábamos no son lo más apreciado por nuestra distinguida clientela.

La fuga de lectores ha ocasionado una sangría de ingresos que está esquilmando las redacciones. Eric Alterman, profesor de periodismo en la City University de Nueva York, recordaba hace unos meses que "el personal trabajando en los diarios [...] se ha reducido a la mitad desde el pico alcanzado en los años 80". Y mientras "el periodismo se derrite más deprisa que los casquetes polares", el sector de las relaciones públicas va viento en popa y se prevé que crezca "el 22,5% entre 2010 y 2020".

Esta desigual evolución ha provocado un cambio inquietante en el equilibrio de fuerzas. Si hace tres décadas había en Estados Unidos un profesional de las relaciones públicas por cada periodista, hoy esa ratio es de 4,6 a 1. Robert Peston, el exdirector de Economía de la BBC,sostiene que "la combinación de los recortes y la búsqueda de historias que atraigan visitas", unida a unas redacciones cada vez más pequeñas y unos departamentos de comunicación cada vez más grandes, amenazan a la prensa. En los medios siempre ha habido tensión entre las distintas áreas, pero la batuta solía llevarla la redacción. Miguel Ángel Gozalo, el expresidente de la Agencia Efe, todavía recuerda cómo en cierta ocasión oyó gritar en el Arriba: "Ha llegado un artículo de don José María Pemán. ¡Que levanten una página de publicidad!"

Ahora el péndulo ha completado su semicírculo y hemos pasado de un mundo en el que el director decía: "Vamos a hacer este periódico y ya se encargarán los comerciales de venderlo", a otro en la que los comerciales dicen: "Vamos a vender este periódico y ya se encargará el director de hacerlo".

No es un ecosistema democráticamente sano. Occidente necesita medios viables. Hay varias opciones: la BBC se financia con impuestos, el Financial Times ha logrado cobrar por sus contenidos en la red y el Guardian es propiedad de una organización sin ánimo de lucro, una fórmula que la economista de Julia Harvard Cagé considera la ideal para preservar el servicio público que presta una prensa independiente.

Lo que ya no le funciona a casi nadie es la audiencia. Ha llegado el momento de reconocer que no podemos competir ni con una niña de 11 años.

Fuente: Expansión.com