Más allá del controvertido desplazamiento de la estatua del genovés Cristoforo Colombo (más conocido entre nosotros como Cristóbal Colón), por primera vez -desde el retorno democrático- se da una situación sociológicamente peculiar: los tres candidatos que lideran las encuestas de opinión referentes al futuro presidente de la Argentina cuentan con un apellido de origen italiano. A saber, en orden alfabético: Macri, Massa, Scioli.

Paradójicamente, la “italianidad” –tan relevante en términos del total de la población de nuestro país- no tendría su representación en la primera magistratura de nuestro país desde el inicio del período democrático. Apellidos como Alfonsín, Menem, De la Rúa, Duhalde, Kirchner y Fernández de Kirchner, por mencionar a los de los principales presidentes de esta era, reflejan en su sonido otros orígenes migratorios.

Argentina no sólo sedujo a la inmigración italiana que superó –incluso- a la española en volumen. También atrajo a inmigrantes de Siria y el Líbano, cuya sangre estaría hoy presente en tres millones de medio de los más de cuarenta millones de argentinos. Del mismo modo, atrajo a una población de origen judío que se estima en 0,3 millones de personas, siendo la mayor en América Latina y la tercera a nivel continental, luego de los Estados Unidos y Canadá.

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A lo largo de las diferentes oleadas del siglo XIX y XX arribaron al país millones de inmigrantes, movilizados por diferentes causas: las hambrunas europeas, el sueño del “fare l´America” (“hacer la América”) e incluso el escape hacia un reducto de paz en el contexto de las sangrientas guerras mundiales. En tal contexto, la emigración neta de italianos al continente americano entre 1861 y 1985 tuvo como destino principal los Estados Unidos -que recibió 5.480.000 de inmigrantes italianos- seguido por Argentina (2.191.000) y sur de Brasil (1.270.000).


Hoy nuestro “slang” -el querido lunfardo- es el reflejo vivo de tales complejísimos procesos migratorios, y está colmado –entre otras- de palabras y derivaciones de los diferentes dialectos que antecedieron al idioma italiano “oficial” que comenzó a ser obligatorio en las escuelas de aquel país recién en las primeras décadas del siglo XX.

Hace algunos años, la exposición “Italia: El tesoro de la memoria” recogió y organizó un legado (hasta ese momento desordenado): los vocablos de origen italiano presentes en el lenguaje argentino. Allí encontramos la riquísima identidad de palabras tan nuestras que cuesta imaginarlas como de un origen transoceánico. Algunas de ellas: “avanti”, “bártulos”, “capuchino”, chau”, “escabio”, “fiaca”, “laburar”, “mufa”, “mina”, “napia”, “pibe”, “sanata”, por mencionar apenas un puñado.

Hoy la cultura “argentaliana” es tan nuestra que cuesta diferenciarla de lo no “argentaliana”. Sólo baste mencionar a figuras tan disímiles como el Papa Francisco (Jorge Bergoglio, primera generación de italianos en Argentina) o al mismísimo Lionel Messi -hijo de Jorge Messi y Celia Cuccittini, nacido en el Hospital italiano Garibaldi de la ciudad de Rosario- para mostrar la vitalidad de esta herencia.

Volviendo al inicio: ¿Será el próximo jefe de Estado el primer presidente “argentaliano” desde el inicio de la democracia?



Lic. Martín Simonetta
Director Ejecutivo, Fundación Atlas para una Sociedad Libre