Presidente del Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE), José Ignacio de MendigurenJosé Ignacio De Mendiguren

Todos los 25 de mayo son especiales. Pero algunos son más especiales que otros. Este año, en medio de la crisis profunda que ha generado la pandemia, el día patrio nos obliga a pensar con más profundidad qué significa ser soberanos, en términos políticos y en términos económicos.

 

Soberanía es, en primer lugar, elegir un camino propio y poder llevarlo adelante. Cuando irrumpió el coronavirus, el gobierno nacional tomó la decisión de poner al Estado al servicio de cuidar a los argentinos, primero y principal la salud y luego los efectos del aislamiento en la economía. Para lo primero, siguiendo las recomendaciones de los expertos; para lo segundo, poniendo en marcha el mayor plan de asistencia estatal de la historia, que ya llega a los 5 puntos del PBI entre ayuda directa y financiamiento subsidiado por el Estado.

 

Estas decisiones no se pueden tomar ni materializar sin soberanía. Argentina entró a esta crisis económicamente exhausta, con dos años de recesión sobre nuestros hombros y un Estado diezmado por una política de ajuste que lo dejó con escasas herramientas y doblegado. Pero también nos encontró con un liderazgo político renovado y con la convicción firme de hacer, como dijo el presidente Alberto Fernández en su discurso de asunción, una alianza con la producción y el trabajo para sacar al país adelante.

 

Noticias relacionadas

En la pandemia queda muy en evidencia dónde se juega la soberanía de los países, algo que tenían en claro algunos de los fundadores el país. Se juega, por ejemplo, en nuestra capacidad de tener un sistema productivo capaz de abastecer a nuestra población con los productos esenciales que necesitamos, como alimentos y medicamentos. Se juega en la inventiva de nuestro complejo científico-tecnológico, tantas veces injustamente cuestionado, para diseñar y producir nuestro un test propio para detectar el virus y mejorar el cuidado de la población. Se juega también en el margen de acción que tengamos en materia de política económica para implementar las medidas necesarias para mitigar los efectos de una crisis inédita para el capitalismo moderno.

 

No haría falta explicarle a un prócer como Manuel Belgrano por qué estas cosas son clave. Ya en sus escritos previos a la Revolución, bregaba por que la producción nacional creciera en capacidad y calidad: lo que hoy llamamos agregado de valor. Decía Belgrano: “Todas las naciones cultas se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus Estados a manufacturarse y todo su empeño es conseguir no sólo darles nueva forma, sino aun extraer del extranjero productos para ejecutar los mismos y después venderlos”.

 

Como en los tiempos de la Independencia y como siempre desde que el mundo es mundo, la disputa global hoy es por quién y dónde se agrega el valor. En Argentina, más de 200 años después, a muchos todavía les cuesta entenderlo. Hoy que enfrentamos una crisis planetaria y sobre todo en el mundo que viene post pandemia, esa realidad va a ser todavía más evidente: cada país va a velar por sus intereses con las herramientas que tenga a mano. Lo que vamos a necesitar es una nueva revolución, como aquella de mayo: la Revolución del Desarrollo.

 

Por Jose Ignacio De Mendiguren –  Presidente del Banco de Inversión y Comercio Exterior