PANDEMIA DE CORONAVIRUS

Donald Trump ha fracasado en la lucha contra el coronavirus tras tener más de 100.000 muertos en su país

El liderazgo errático de Trump, las alertas ignoradas durante meses y la falta de recursos han roto las costuras de una desdibujada potencia americana, que roza ya la simbólica cifra letal.
Miércoles 27 de mayo de 2020

Donald Trump, REUTERSDonald Trump con uno de los peores liderazgos enfrentando a la Pandemia.

Una de las imágenes más elocuentes de esta crisis la ofreció un sábado a finales de marzo el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, cuando acudió a la sede de la ONU a recoger un lote de 250.000 mascarillas donadas por el organismo porque la todopoderosa ciudad de los rascacielos, símbolo de riqueza en el país más rico del mundo, no tenía suficientes —ni mascarillas, ni respiradores, ni camas de hospital— para la ola de enfermos de covid-19 que se avecinaba.

 

El conocido como paciente cero en Estados Unidos se presentó el 21 de enero en un hospital de Seattle con algo de fiebre. El primer fallecido, una mujer de 60 años de California, se produjo el 6 de febrero. A partir de ahí, un cúmulo de errores, alertas ignoradas y nuevas y viejas carencias han llevado al desastre sin que una de las comunidades científicas más robustas del planeta lo haya podido evitar.

 

Estados Unidos alcanzó los 100.000 muertos por coronavirus, lejos de los 60.000 que la Administración calculó en sus pronósticos más optimistas o de los 58.000 caídos en la Guerra de Vietnam, un trauma grabado en el imaginario colectivo estadounidense como vara de medir las tragedias. Más de 1,6 millones han dado positivo en pruebas de diagnóstico. 

 

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Países con más muertes

EE UU

98.223

R. Unido

36.996

Italia

32.877

Francia

28.460

España

26.834

Brasil

23.473

Bélgica

9.312

Alemania

8.323

México

7.633

Irán

7.451

 

La Administración Trump fue informada desde que llegó a la Casa Blanca de que una pandemia de esta gravedad era una amenaza muy real. No solo no preparó la respuesta, sino que redujo los medios personales y materiales para enfrentarse a ella.

 

El 13 de enero de 2017, siete días antes de la toma de posesión de Trump como presidente, el equipo saliente de Barack Obama informa al equipo entrante, en el ejercicio habitual de transición, del riesgo de que la gripe aviar H9N2 se convirtiera en “la peor pandemia de gripe desde 1918”. Se informa de posibles desafíos como la escasez de respiradores y de la necesidad “primordial” de una respuesta nacional coordinada. En abril de 2018, al convertirse en consejero de Seguridad Nacional, John Bolton despide a Timothy Ziemer, encargado de liderar la respuesta de la Casa Blanca a una pandemia. No es reemplazado y su equipo queda diseminado. Su abrupto despido significa que ya no hay un alto cargo encargado en exclusiva de la seguridad sanitaria global.

 

El 9 de febrero de 2018 el presidente firma una ley que recorta 1.350 millones de dólares en financiación para 10 años a los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC). En septiembre de 2018 el Departamento de Salud y Servicios Humanos desvía 266 millones de dólares de financiación de los CDC para destinarlos al programa de detención de niños inmigrantes.

 

El 30 de enero la OMS declara que el brote de coronavirus es un emergencia de salud pública internacional. Tres días más tarde Trump restringe la entrada al país desde China. Un mes después, el 11 de marzo, los viajes desde Europa. Ese día la OMS declara el brote pandemia global.

 

Los CDC rechazan utilizar las pruebas de diagnóstico de la OMS, y deciden fabricar una propia, que finalmente resultaría defectuosa, lo que produce un grave retraso en la capacidad inicial de realizar test. Para mediados de febrero, el equipo de salud pública tiene claro que habría que cerrar colegios y negocios en puntos calientes, y que el Gobierno debería recomendar la distancia física y el teletrabajo. Pero tardan tres semanas en convencer al presidente de las terribles consecuencias de no actuar rápido. El 13 de marzo el presidente Trump declara la emergencia nacional.

 

Trump se instaló en la negación durante semanas, restó gravedad a la covid-19, llegó a decir que desaparecería como “un milagro” (27 de febrero) y la equiparó con la gripe común (9 de marzo). Luego, entró en combustión. A lo largo de dos meses, ha dado información errónea sobre las vacunas y sobre los tratamientos y ha contravenido públicamente a todos sus expertos y sus propias recomendaciones oficiales, como cuando animó a reabrir el país el Domingo de Pascua, cuando azuzó las manifestaciones más agresivas contra el confinamiento y cuando aseguró que no pensaba usar mascarilla. Ha agudizado sus ataques a la prensa y a los demócratas. La semana pasada, en uno de los episodios más estrambóticos de la crisis, se despachó con que está tomando de forma preventiva hidroxicloroquina, un antipalúdico desaconsejado por su propio Gobierno fuera de ensayos clínicos y entornos hospitalarios por todos los riesgos que conlleva. Y que lo estaba tomando, sin estar enfermo, pues hasta ahora ha dado siempre negativo en la prueba del coronavirus. Días después, la OMS suspendió los ensayos clínicos de hidroxicloroquina por “precaución”.

 

En el momento más grave que ha enfrentado un presidente de Estados Unidos en varias generaciones, Trump se ha embebido de sí mismo. Durante semanas, desoyó a los técnicos y se encerró en su círculo de confianza, en el que su yerno, Jared Kushner, ocupa una posición principal. La crisis no ha servido para moderarle ni rectificar su giro aislacionista, su rechazo visceral a los organismos multilterales. Al contrario, ha suspendido la financiación de la Organización Mundial de la Salud, a la que acusa de actuar al dictado de China, ha respondido a la mala gestión de Pekín agitando teorías sin base sobre el origen del virus y ha criticado la falta de previsión de Europa. Ahora, enfatiza la proximidad de una vacuna. También el gigante asiático lo hace. Es en esta carrera por la vacuna en lo que Washington puede recuperar el terreno internacional perdido.

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El presidente de Brasil Jair Bolsonaro fue confirmado de coronavirus

El presidente brasileño tuvo fiebre, se sometió a pruebas de imágenes pulmonares y midió la saturación de oxígeno.
Martes 7 de julio de 2020

Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, REUTERSJair Bolsonaro confirmado con coronavirus, REUTERS.

El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, informó este martes que dio positivo por COVID-19 y comenzó a ser tratado con cloroquina.

 

“Simplemente resultó positivo”, dijo a periodistas el propio mandatario, uno de los más escépticos del mundo sobre la gravedad del coronavirus.

 

Bolsonaro dijo: “Comenzó el domingo con una breve indisposición”, quien aseguró que se siente “perfectamente bien”.

 

Durante los últimos meses, Bolsonaro, de 65 años, ha desafiado casi a diario al virus, al que llegó a calificar de “gripecita”, circulando por las calles en plena cuarentena, al asistir a actos públicos sin la máscara preceptiva, abrazando y besando a partidarios sin cuidado alguno y con un desdeño constante frente a la enfermedad.

 

Noticia en desarrollo...

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Coronavirus: Italia en contra de las noches de desenfreno, los visitantes extranjeros contagiados y los rebrotes

La apertura de fronteras derivó en importación de casos. El fin de semana se hicieron 4.000 controles en Roma para apaciguar a jóvenes desbordados.
Martes 7 de julio de 2020

Italia tras el coronavirus, desenfreno de los jóvenesSin barbijo ni distancia en Roma.Italia lanza una ofensiva contra nuevos casos.

Al aumento de las contagios causados por gente que entra en Italia desde países con altos índices de contagio y la necesidad de terminar con las “movidas molestas” en las ciudades, causadas por jóvenes bulliciosos y agresivos que violan las medidas de seguridad, se agrega al fenómeno de focos infecciosos del coronavirus en toda Italia que deben ser atacados de inmediato para impedir que la pandemia se vuelva a difundir como una mancha de aceite.

 

El gobierno, las regiones y los municipios se lanzaron desde este lunes a la ofensiva mientras los científicos siguen polemizando entre ellos acerca de la identidad agresiva o menos del virus tras el ciclo iniciado el 21 de febrero, cuando estalló la pestilencia que ha costado 35 mil muertos a Italia y una crisis económico social “devastadora”, como explicó el ministro Roberto Gualtieri.

 

Recién el domingo, tras cinco días de aumento del número de contagiados, se registró una leve baja a 192 infectados por Covid-19. Los muertos diarios fueron solo 21, tras haber levantado por encima de 30. Pocos pero solo si se piensa que el pico fue alcanzado el 31 de marzo, una jornada con más de 820 muertos en 24 horas. Las proyecciones hacían esperar en un aplastamiento total de la curva epidémica antes de fines de este mes. Ahora crecen las dudas y los episodios de contagio.

 

Una parte de los científicos sostiene que el panorama ha cambiado totalmente, que el virus ya tiene una carga mucho más débil. La prueba es que las unidades de terapia intensiva tienen pocos pacientes y que los hospitales se vacían de enfermos del Covid-19. “El corona no es más letal y probablemente hay virus diversos, pero si lo decimos se enojan porque todavía no ha sido demostrado”, interviene el microbiólogo de Treviso Roberto Rigli.

 

Del otro lado están los rigurosos, encabezados por el profesor Andrea Crisanti, que pide medidas enérgicas y repudia a los que sostienen que el virus es hoy “otra cosa”. Lo que dice Crisanti tiene peso pues fue quien que consiguió salvar muchas vidas en la región del Veneto con su estrategia de hacer hisopados y otros controles masivos a la población, detectando sobre todo a cientos de asintomáticos que no mostraban síntomas ni sabían que estaban enfermos, contagiando a miles de vénetos.

 

“No vivimos en una burbuja”, afirma Crisanti. “Los brotes continuarán y aumentaran mucho en otoño (boreal), en octubre y noviembre. Ante la difusión inesperada de contagios, Crisanti sostiene que “si una personas es positiva de coronavirus tiene que ser puesta en condiciones de no trasmitir la enfermedad”. Y si no lo hace espontáneamente “pienso que debe ser sometido al tratamiento obligatorio”, como propuso hace tres días el gobernador del Veneto Luca Zaia.

 

Uno de los nuevos problemas que obliga a no perder más tiempo y apretar las clavijas son las “movidas molestas”, como han sido bautizadas, con un toque metafórico a la anterior definición de “movidas salvajes”. Miles de jóvenes se lanzan sobre todo los fines de semana a todo tipo de descontroles empujados por el “estamos hartos de tantas cuarentenas”, con el estímulo de mucho alcohol y dosis de drogas.

 

El “weekend sin frenos”, como lo llaman sus protagonistas, tuvo su pico este sábado y domingo en Roma. Un ejército de carabineros, unidades militares, policias y agentes municipales, realizaron cuatro mil controles y operaciones contra las “plazas calientes”, mientras los vecinos se organizan en asociaciones antimovidas reclamando tranquilidad y silencio en la madrugada.

 

Detenciones, multas, presencia continua de las fuerzas del orden, sirven para desinflar los escándalos, que el domingo culminaron con riñas a trompadas en la plaza Venecia entre grupos que proclamaron divertirse con los intercambios violentos. La base de la movida es la transgresión, el amontonamiento contra las ordenanzas de respetar las distancias y nada de barbijos, aunque son obligatorios. La prensa ha comenzado a destacar que las mascarillas que obsesionaban a todos, ahora son abandonadas por una parte, sobre todo de jóvenes. “El Papa no la usa”, argumentan riendo.

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