Narcos en MéxicoGolpe al narcotráfico en México.

Empiezan siendo niños, avisando sobre la presencia de la Policía. Luego son involucrados en la venta de pequeñas dosis en sus barrios. Una vez huelen el dinero fácil quieren aprender a convertir - ellos mismos - coca en cocaína. Entonces trabajan como peones en laboratorios ilegales de los que se apropian, una vez sus jefes son capturados o dados de baja. Lo mismo ocurre con las rutas y la cadena del comercio de las drogas que los comienza a convertir en multimillonarios facinerosos. A menudo, sin importar quiénes o cuántos mueran a su paso. Y, por lo general, no han escuchado hablar de Estado de derecho.

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Esta era la típica carrera del narcotraficante en las últimas décadas del pasado siglo. Las sucesiones no se preparaban, la cárcel o la tumba de los jefes inmediatos abrían los espacios para las nuevas generaciones. Un relato del hoy documentalista colombiano Andrés López, autor de "El cartel de los sapos”. Él sabe de qué habla: fue narcotraficante, se entregó a la DEA, delató a las estructuras del crimen en Colombia y México, pagó dos años de cárcel y, desde 2006, se refugia en Estados Unidos para vivir del cuento.

 

Del "Señor de los Cielos” a "La Barbie”

López conoció al principal narcotraficante del mundo en los 90, Aurelio Casillas, llamado "El Señor de los Cielos” porque revolucionó el transporte de cocaína en vuelos comerciales, para los que llegó a tener una flota de aviones. "La única ambición de Aurelio era convertirse en el narcotraficante más poderoso de México, sin importarle ser cauteloso y mucho menos llamativo. Logró tener fortuna, mujeres, casas, edificios y mansiones sin mucho esfuerzo. Al comienzo, Aurelio no sabía leer ni escribir. Perdió a su padre de joven y tuvo que sostener a su familia”, narra Andrés López al programa Al Punto, de Univisión.

 

"En México, el perfil del narcotraficante ha cambiado radicalmente”, dice a DW Juan Carlos Montero Bagatella, profesor del Tecnológico de Monterrey e investigador de políticas de combate al crimen organizado. En México, la heterogeneidad del país también se refleja en las diversas figuras del crimen, la fragmentación del panorama del crimen organizado y sus expresiones. Si bien se habla del "narco”, los carteles también están vinculados al robo de combustible, la trata de personas, el tráfico de minerales y productos naturales, el contrabando de armas, la extorsión, el secuestro, etc. "La violencia en Guanajuato, el Estado más violento últimamente, por ejemplo, está asociada al cartel Santa Rosa de Lima y el robo de combustible”, explica el doctor Montero y agrega que en materia de violencia "le sigue Colima, un Estado que cuenta con el puerto de Manzanilla, en donde tiene lugar una guerra por los precursores químicos provenientes de China para la fabricación de opioides, que México también exporta”.

 

En donde el Estado es "el intruso”

Un alias le sigue al otro en una lista de apodos y crímenes que parece interminable, de acuerdo al país o la región. ¿Por qué no parece cesar la producción de capos? "La profunda debilidad del Estado mexicano”, es la respuesta de Montero Bagatella, quien explica a DW que "esa debilidad no solo es del Gobierno central sino de las policías en las regiones que son incapaces de enfrentar al crimen organizado, a menudo mejor armado y entrenado que los agentes del Estado”. La ineptitud o la falta de voluntad del Estado propicia las condiciones para el crimen. "En donde el Estado no provee agua, educación o energía, las organizaciones criminales asumen la entrega de esos servicios públicos”. El efecto es doblemente dañino para el país: "Los criminales logran arraigarse en la población, que luego sale a defenderlos frente a la persecución del Estado”, explica el profesor en Seguridad Pública, quien recuerda que en Estados como Puebla, "las Fuerzas Federales no pueden ir tras los criminales porque son protegidos por los habitantes”. El Estado es para ellos un intruso.

 

Las historias del surgimiento o la sucesión del poder criminal varían de acuerdo al caso: "Hay quienes no tuvieron otra alternativa que ser narcotraficante. Pero también están los sicarios, las mulas y pequeños traficantes”, cuenta Juan Carlos Montero, quien reconoce que no hay realmente un perfil común del ciudadano que se convierte en narcotraficante porque detrás de cada uno hay una historia diferente, como existen los que "por mera ambición forman pequeñas o grandes organizaciones”.

 

El profesor Montero sabe que hablar de narcotraficantes como "emprendedores” no gusta, pero "es que lo son”, insiste, "solo que, por distintas razones, no canalizaron en forma positiva su energía, talento y ambiciones, pero son gente que cuenta con una innegable capacidad de liderazgo”, así sea con el poder de la violencia. "Solo así podemos entender el surgimiento de líderes como "El Chapo Guzmán”, los Hermanos Arellano Félix o los Beltrán Leyva”, dice el analista, y agrega que "en una familia solo uno o pocos asumen el liderazgo; una vez cortado, esta o la organización se fracturan, y llegan otros líderes detrás”.

 

¿Los culpables? Mitad y mitad

 

¿Talento que pierde una sociedad a manos del crimen? No solo el Estado es el culpable, por acción u omisión. "La mitad de la culpa nos toca a nosotros, porque como sociedad no rechazamos el crimen y con ello contribuimos a su reproducción”, dice a DW el máster en Gestión Pública, quien recuerda que "la tradicional y profunda desconfianza de los mexicanos frente a las instituciones del Estado es producto de la inmanente corrupción en las más altas esferas del poder público”. Que diversos gobernadores y miembros de los anteriores gobiernos estén enfrentando ahora juicios o estén en la cárcel no es algo "extraordinario, sino la constante en México”.

 

México, ¿un Estado fallido? Este diagnóstico recurrente en las últimas dos décadas es para Montero "exagerado”, porque México sigue siendo "un Estado funcional”. Es más, según el experto, "la corrupción termina siendo un lubricante del sistema político mexicano porque el país funciona, así como la economía, a pesar de los tropiezos”. El experto pide tener en cuenta la inmensa complejidad del país, así que por lo que sucede en Culiacán o Tijuana "no se puede definir a todo México”.

 

Pero lo que sí vale para todo México, como América Latina, es la falta de perspectivas para los jóvenes. Y "el narcotráfico – con su fórmula rápida y fácil de hacer dinero - es, a menudo, el único medio posible para poder ascender socialmente”, apunta el analista. No sin razón, el perfil del narcotraficante mexicano ya no es el del tosco ranchero de sombrero. Para el profesor Montero, "La Barbie”, hoy en una cárcel de EE.UU., representa el nuevo prototipo: "Vivía en Santa Fe, uno de los mejores barrios de Ciudad de México, y manejaba todos sus negocios desde la palma de su mano con un celular. La última tecnología también la emplean para aumentar su poder de fuego con grupos entrenados hasta para emboscar a las fuerzas federales”.

 

Cuando el remedio enferma más al paciente

 

Para el experto en seguridad pública Eduardo Vergara, director de Chile21, un centro de estudios de políticas públicas, el Estado lleva la mayor de la culpa en la reproducción de narcotraficantes. "Tanto en Chile como en otras partes de América Latina, el Estado ha permitido que el modelo de la ilegalidad y el prohibicionismo de las drogas entregue en bandeja un mercado tan grande como lo es la producción, el transporte y la venta de drogas en manos de la criminalidad organizada”, dice a DW. Y concluye que "al fracaso social del Estado, se suma la creciente cultura del narcotráfico”, no siempre por razones de pobreza: "Durante muchos años, jóvenes de las más altas clases de Chile se han financiado sus viajes trayendo de Europa estampillas de drogas sintéticas que venden en Santiago de Chile en las fiestas”.

 

Para Vergara, politólogo de la Universidad de Portland, el prohibicionismo se convierte en "una máquina infinita de producción de narcotraficantes” y pone el ejemplo de Chile, en donde algunos legisladores se proponen elevar las penas para los adultos que le vendan drogas a menores de edad. La consecuencia, advierte Eduardo Vergara, será que "los narcotraficantes reclutarán entonces a niños para que les vendan las drogas a otros niños”. Y así, el Estado mismo, obliga a los criminales a expandir su negocio. El círculo imparable se cierra como lo empezó el colombiano Andrés López: como niño narco.

 

Fuente: DW