Payaso, disfrazPayaso.

“Si la vieja herida sangra, no es vieja”.


Hace ya tiempo, recorríamos con mi esposa la famosa calle La Gran Vía, en Madrid.
Es una especie diría, de Avenida de Mayo española.


Ibamos con esa despreocupación del turista en lugares lejanos.


Un afiche pegado sobre un armazón de hierro nos llamó la atención.


Mostraba el clásico rostro de un payaso en tamaño muy grande. Y debajo se leía:
-“El Circo Galíndez realiza hoy a las 21 hs. una función en homenaje al famoso payaso Marianito, que se retira de la actividad”.


Casualmente habíamos visto a Marianito la noche anterior por la TV del hotel e incluso habíamos leído un reportaje a su persona, en un diario madrileño.

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Marianito, de rostro joven era indudablemente una figura de gran prestigio en España.
Resolvimos concurrir esa noche al circo.


Era un sábado.


A las 21 en punto, puntualidad europea, comenzó el espectáculo. Y aparecieron los clásicos equilibristas, el mago, el domador, la amazona, los malabaristas, etc.


El circo estaba repleto. Los niños eran mayoría.


Ya sobre el final, se escuchó una voz a través de un altoparlante:
-“Ahora nuestro joven y querido payaso Marianito, actuará para Uds. por última vez, pues se retira de su actividad”.


Y apareció Marianito, con la clásica galera deteriorada, con su nariz cubierta por una especie de pompón y sus pantalones anchos que casi cubrían sus desmesurados zapatones.
Sonreía. Pero sus ojos –pese a estar pintados- no reflejaban alegría. Es que la sonrisa puede ser el disfraz de la tristeza.


Estábamos ubicados muy cerca del payaso y nos pareció adivinar en él, una honda pena.
Y comenzó su labor. Y llegaron las bofetadas y las caídas y los equívocos.
Los chicos reían a carcajadas. Pero en los adultos se advertía un dejo de nostalgia.
Terminado su número, Marianito se paró en el centro de la pista, mirando a su público. Se sacó despaciosamente la raída galera y también una peluca que cubría sus cabellos.
Luego se despojó del aditamento que deformaba su nariz. Por último se quitó la pintura que cubría su rostro.

Había en el circo un silencio sobrecogedor.


Comenzó a hablar:
-“Tengo solamente 36 años. Este ha sido mi único oficio. No sé hacer otra cosa y ya no puedo hacer tampoco esto...”


Y no pudo continuar.


Los espectadores, desorientados, esperaron que siguiera hablando.
El payaso permaneció varios minutos sin moverse, mirando a su público sin decir una palabra más.


Entonces, se retiró lentamente, mientras una interminable ovación lo acompañaba.


Salimos del circo con una sensación extraña de melancolía.


Entramos en una confitería cercana.


Veinte minutos después, entraba a la misma el payaso Marianito y lo reconocimos. Estaba como vencido.


Un impulso –que la timidez no me hubiera permitido en la Argentina- me hizo acercar para saludarlo.


Lo invité a nuestra mesa. Aceptó complacido. Y nos contó su historia:
-“He pasado 16 años en esta humana profesión de payaso, no siempre bien comprendida. Amo a los niños y he tenido la suerte de poder proporcionarles el placer de la risa y de la felicidad.


Y me he dedicado especialmente a las criaturas ubicadas en las últimas gradas del circo, las localidades más baratas, porque sus padres no pueden pagarles sitios mejores.


Seguramente esos niños no tendrán muchos juguetes ni alegrías frecuentes. Y sé que mi espectáculo se aloja en sus almas tiernas por largos meses y es como otro juguete –de esos que no pueden comprar– y que llevarán consigo durante mucho tiempo. Y agregó: suele olvidarse que el dolor infantil tiene todos los ingredientes del dolor adulto.


El mismo hecho que los niños quieran ser grandes, significa que en su presente hay dolor.
Muchos padres ignoran que amar a los niños no significa comprenderlos.” Y agregó sin mirarnos:
-“Me casé hace siete años, con la mujer que amé desde mi infancia. Ella me abandonó al año. Pero me dejó una hermosa niñita rubia: Maricel.”


Repentinamente se puso de pié:
-“Maricel murió hace un mes, de leucemia”. Agregó:
-“Tenía sólo seis años”.


Nos tendió la mano y se fue alejando despaciosamente...


Comprendimos que por eso no podía trabajar más como payaso...


Hace poco tiempo después, un diario argentino publicó una información que pasó desapercibida para muchos; decía:


-“Ayer se quitó la vida en Madrid, Marianito, un famoso payaso ya retirado de la actividad.
Y esa penosa noticia trajo a mi mente el recuerdo de aquel hombre apesadumbrado que había terminado por desafiar la muerte porque no había podido desafiar la vida. Y entonces surgió en mi mente este aforismo.


“Hay dolores a los que ya no se les puede sumar dolor”

 

Por José Narosky