Xi Jinping, presidente de China, ReutersXI JINPING. REUTERS

POR MANUEL CASTRO

Para muchos -incluyéndome- son dos trenes yendo a toda velocidad por la misma vía, pero en sentido contrario, con lo que el choque podría estar asegurado.

 

Pero cuidado, no es algo que se verá desde la platea. Una parte del mundo va en uno de esos convoyes y la otra parte en el otro. Aquí no hay neutrales. 

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En realidad no han parado de rozarse en los últimos tiempos. Por ahora el campo de batalla es el económico. Generalmente el económico es el que precede al choque fuerte. La historia humana lo demuestra perfectamente.

 

Los intereses son intensos, no solo el relativo a las finanzas (controlar la economía es el dominio totalitario de las personas y los pueblos), sino cultural (este último no puede dejar de considerarse ni menospreciarse).

 

Después de la caída del Muro de Berlín y del comunismo soviético (caída que desorientó a la izquierda radical a nivel mundial y que la obligó a buscar otros “objetivos” políticos) los países que mantenían este sistema de gobierno se vieron obligados a reinventarse. En Europa del Este fue barrido. China lo hizo. Mezcló capitalismo con el poder político absoluto de control sobre la población y el desarrollo de un gran poder militar.

 

No existe país que pretenda tener un gran poderío y que lo quiera hegemónico de ser posible, que no deba combinar economía y despliegue militar.

 

Mientras que sobre la mesa el mundo discute el tema del virus, al que considero una guerra bactereológica de baja intensidad, por debajo se discuten los temas que interesan a las grandes potencias. Estamos en una etapa de cambios, rápidos por otra parte.

  

Estados Unidos es una gran potencia, pero no la única. Está China y Rusia. Hay otras, pero estas son las que están en primera línea.

 

Cuando un estado, cualquiera, emerge y amenaza la hegemonía de la potencia existente generalmente el resultado es la guerra.

Donald Trump y Xi Jinping, REUTERSREUTERS

El presidente de China Xi Jinping, el nuevo Mao, estuvo de visita en una base militar en Guangdong y a los miembros de la Infantería de Marina les pidió (u ordenó) que pusieran toda su mente y energía en prepararse para la guerra (cosa obvia si uno es militar).

 

Les dijo que debían ser absolutamente leales, absolutamente puros y absolutamente confiables.

 

En la zona del Mar de la China hay problemas desde hace tiempo, por el tema de unas islas, más bien islotes que China ha agrandado, problemas de límites marítimos con países cercanos, con Japón (por las Islas Senkaku) y sobre todo por Taiwán.

 

De hecho Taiwán, que por mucho que le pese a China y a la OMS fue uno de los países, que, por lo menos hasta ahora, gestionó mejor la lucha contra el corona virus, tiene el apoyo de los Estados Unidos y si hubiera algún tipo de ataque a la isla de Formosa, los Estados Unidos reaccionarían. De hecho la Casa Blanca seguirá suministrando material bélico a la isla con la venta de tres sistemas de armas incluido el Sistema de Cohetes de Artillería de Alta Movilidad. Desde el más alto nivel del gobierno chino se han quejado y han pedido que se suspenda esa venta; pero los lazos entre la actual administración estadounidense y el gobierno taiwanés son muy estrechos.

El Gobierno chino, presidido por el presidente Xi Jinping

China continental nunca ha dejado de amenazar a Taiwán al igual que es un tópico en la campaña estadounidense como la causa del virus o como la acusó el Secretario de Defensa Mark Esper calificándola de “influencia maligna”.

 

Es más, los Estados Unidos han aprobado un documento conocido como Marco Estratégico para el Hemisferio Occidental en el que pone atención en el continente americano y en el Ártico (una zona cercana a Rusia y donde China quiere hincar el diente).

 

En ese documento señala la intención de revertir la “maligna influencia” de lo que califica “actores externos” en especial referencia a China.

 

El documento deja en claro además que América es una región crítica para la seguridad, la paz y la prosperidad de los Estados Unidos.

 

Como alguien dijo en una ocasión: “Quienes no conocen el pasado están condenados a repetirlo”.