Planes sociales, organizaciones sociales, NAPlanes sociales en Argentina. Foto: NA.

Desde hace un cuarto de siglo en nuestro país se incorporó al lenguaje cotidiano la palabra planes como sinónimo de un subsidio o ayuda del Estado, que puede ser a cambio de una prestación de parte del beneficiado o sin prestación por las condiciones personales de quien recibe el aporte. Comenzaron de manera sistemática con las crisis económicas y sus secuelas de desempleo, exclusión y pobreza, y no pararon de crecer llegando a una parte significativa de la población.

 

Los subsidios no son nuevos, vienen desde el fondo de la historia. Dos ejemplos emblemáticos de cambio de dinero público por trabajo lo constituyen la construcción de las pirámides en Egipto y el New Deal del presidente Roosvelt. Cuando el río Nilo no crecía lo suficiente para regar los campos de siembra y no había cosechas los campesinos eran contratados por el Faraón como peones de la construcción a cambio del sustento. En el siglo XX, como consecuencia de la crisis mundial de los años treinta, millones de obreros norteamericanos quedaron en la calle. La política del New Deal del presidente Roosvelt convocó a los desocupados a construir carreteras y vías férreas. “Hay que pagarle a la gente para que haga pozos y después pagarle para que los tape“, afirmaba Keynes.

 

También son muy antiguos los subsidios para contención social. En el imperio Romano existía la Annona, que consistía en la entrega de granos a la población, desde entonces el lema “pan y circo” ha sido el símbolo de la demagogia. En nuestro país en el siglo XIX era común que los distintos gobiernos entregaran víveres a las tribus aborígenes como contribución para evitar que por hambre atacaran a las poblaciones. La característica de esta época es la extensión a gran parte de la población y la diversidad de los planes que con distintos fundamentos atenúan la incapacidad para generar trabajo de la organización de la economía argentina.

 

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Desde algún sector los planes son demonizados como sinónimo de vagancia, desde el otro extremo las organizaciones sociales hacen demandas crecientes por más planes y mejor remunerados. Estamos de nuevo en una de esas trampas en las que caen las políticas en nuestro país. A pesar de los planes y de su importancia presupuestaria la pobreza sigue creciendo, pero no se puede prescindir de los planes porque el hambre de millones de compatriotas sería horroroso.

 

Un doble dilema sobrevuela la toma de decisiones, por un lado una economía que no crece lo suficiente para generar nuevos empleos y, por el otro, los cambios en los modos de producción que reemplaza el trabajo manual por máquinas sofisticadas que requieren una mano de obra con alto grado de capacitación. Existen añoranzas por un modo de producción industrial que está siendo reemplazado por el mundo digital, que como una gran ola llega a fábricas, oficinas, al trabajo doméstico, al trabajo rural, y genera nuevos desafíos, cómo crear empleos, cómo incorporar al mundo que viene a los millones que sobreviven por la asistencia pública.

 

Se requiere un giro copernicano en las estratégicas de políticas públicas. La reiteración de acciones que aumentan la pobreza y consecuentemente una mayor demanda de planes es una trampa que no tiene salida. El primer cambio es dejar de pensar el país desde Buenos Aires. Existe un inmenso país despoblado con demandas de infraestructura que su atención requiere de inversiones y empleos. Ocupar el territorio fue una consigna de la generación del ochenta que generó una gran movilización económica.

 

Conectividad digital, un nuevo ferrocarril, la generación de energías limpias, son tres proyectos posibles y necesarios que requieren la decisión y vocación por hacer un país distinto. La pandemia traerá aparejado un rediseño de las ciudades, es la oportunidad para poblar el interior, es la hora de cambiar el sentido de las migraciones y modificar el concepto de los planes, pagando por trabajo, como lo hicieron los faraones en el antiguo Egipto o el presidente norteamericano Roosvelt para salir de la crisis.