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*Por Martín Campos Witzel

En esta columna, el autor plantea la necesidad de una mirada integral respecto del desempleo, enfocándose además en entender la desesperante situación del desempleado. Remarca la necesidad de emplear más individuos para alcanzar el desarrollo colectivo. CVs, portales de empleo, automatización, “Siglo XX Cambalache; y XXI, también”.

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En el mundo, el Desempleo Total está estimado al cierre de 2020 en un 6,471% del total de la fuerza laboral, según estima la Organización Internacional del Trabajo con datos de ILOSTAT. La disparada tras la pandemia es evidente, ofreciendo un número bastante superior a la crisis financiera global del año 2008.

 

En casa, la última tasa de desocupación ofrecida por el INDEC (cuarto trimestre de 2020) habla de un 11% de la Población Económicamente Activa (PEA) en el país (45% de la población total). Si sumamos a los Subocupados Demandantes, alcanzamos una cifra de 29,4% de los casi 13 millones de personas que componen la PEA que están buscando trabajo activamente.

 

Si es muy difícil imaginar para un asalariado de clase media, quizás hijo de profesionales, que haya podido emprender una carrera laboral estable, cómo transita el drama del desempleo un individuo que necesita de su trabajo para vivir, ni hablar de quienes componen la clase alta y vienen de generaciones de mayor o menor acomodo.

 

Pero resulta fundamental que todos comprendamos qué hay detrás de este flagelo para encaminar una economía de enorme potencial pero en eternas vías de desarrollo. Evidentemente, hace falta una mirada holística para comprender la realidad del desempleo, y más aún para adentrarnos en la situación del desempleado.

 

Desde la psicología, se destaca la necesidad de una tolerancia enorme a la frustración que supone cada "no" que aparece en una búsqueda laboral (muchas veces en forma de respuesta nula que uno espera ad eternum), además del enorme menester organizativo que emana de los nuevos procesos de selección: cada vez más alambicados (incluso para quien maneja las TICs sin problemas) a partir de la dantesca desproporción entre la cantidad de CVs que llegan por cada vacante laboral.

 

En una frase: lleva un enorme trabajo conseguir trabajo (remunerado).

 

Desde el área de los recursos humanos, es de destacar la problemática que suponen la falta de ubicación y de ambición por una gran proporción de los candidatos: gente que necesitamos emplear para potenciar nuestra economía, eso si previamente reciben la educación y capacitación correspondiente.

 

¿Qué lleva a una persona a poner, en el apartado "Objetivos" de su currículum vitae, la satisfacción de sus necesidades personales; explicitando situaciones personales menos o más dificultosas, como la imposibilidad de alimentar a sus hijos, o incluso situaciones absurdas, como "quiero el trabajo para poder cambiar la moto"? ¿La desesperación? Es entendible. Y resultará beneficioso, en tal caso, un Estado que asista en situaciones desesperantes para asegurar la subsistencia; complementando también la formación necesaria para no reincidir en estos errores, no sólo desde un consejo práctico sino desde la raíz del pensamiento que mueve a la persona afectada. Pero ¿qué pasa cuando no se trata de una excepción, sino de una enorme cantidad de casos? Incluso mayoritarios, según numerosos empresarios industriales de los más diversos tamaños a los que pude consultar.

 

Aquí la mirada educativa se vuelve importante.

 

Según mencionaba con anterioridad, por falta de ubicación me refería a la dificultad por parte del demandante de empleo de comprender la noción de empresa y los objetivos compartidos dentro de la misma. Quizás suceda que no estaría comprendiéndose, tras la educación obligatoria, que la empresa -la inicie quien la inicie, y del tamaño que sea- es como un barco, con un destino marcado como objetivo, al que hay que llegar remando todos para el mismo lado, cada uno en su función; para luego llevarse su justa recompensa por la tarea realizada. Hay veces que los CVs parecen solicitar dinero de manera urgente, sin mencionar casi en absoluto las capacidades que se poseen para realizar qué tareas (contribuyendo así a la empresa y mereciendo entonces la remuneración). El error conceptual es de tal magnitud que pareciera que en ninguna institución formal con la que estos desempleados hayan tomado contacto se les haya ofrecido asistencia en la comprensión de los más mínimos asuntos que hoy hacen, en lo económico, a una sociedad occidental contemporánea. En fin, no se vislumbra el sentido de la ubicación o pertinencia necesario para enfrentar ya no sólo un proceso de selección, sino el correcto desempeño dentro de una empresa aportando a la economía y al desarrollo nacional lo que en su parte le toque.

 

De manera relacionada, por falta de ambición me refería a cuánto escasea la persecución de la superación personal y la búsqueda de la excelencia, aspectos tan necesarios para lograr individuos felices que produzcan más de lo que consumen, aportando a una economía que crezca cada vez más gracias a la suma de su gente. Pero quizás la mirada holística ahora requiera de un análisis cultural que explore aspectos sociales actuales, tan enraizados, que sus estudios pueden fácilmente remontarse hasta en ese himno que Enrique Santos Discepolo compusiera hace ya 87 años, con una vigencia a este punto escalofriante. Servir y aportar a la sociedad no parece estar tan bien visto como servirse y recibir aportes de la misma; tanto en el sector público como en el privado.

 

Siglo XX Cambalache, y XXI, también.

Me parece claro que desde ningún ámbito, en ningún caso, se podría echar culpas al desempleado de estos ejemplos. Esta columna está muy lejos de eso. Pero, sin que este tema entre fuertemente en agenda, poco podrá hablarse de crecimiento económico, reducción de las desigualdades, decrecimiento de la pobreza, justicia social o felicidad de los individuos y del pueblo, puesto que hace falta buscar responsabilidades para aplicar correcciones y emprender nuevos caminos que nos lleven a un resultado distinto.

 

Con un poco de suerte, más tarde o más temprano, llegará el día en que nuestro país genere los puestos de trabajo que se necesitan. Pero, en el mundo de hoy, esos puestos de trabajo no consisten en golpear cosas con un martillo como se lo veía a Charles Chaplin al principio de Tiempos Modernos. La automatización avanzó y se requieren trabajadores más competentes: gente más y mejor educada. Con mayor ambición de aportar más a la sociedad y a la economía. Y con menos ganas de "conseguir algo" y "hacer la plancha".

 

Así como usar el barbijo, sanitizarse con frecuencia o vacunarse no sirve, si los demás tampoco lo hacen (¿o acaso a EE.UU. y a la U.E. les conviene un mundo en el que ellos estén vacunados pero América Latina y África no? ¡Hola COVAX!), de poco sirve generar empleo si solo van a poder postular a ellos quienes vivan en unas pocas áreas del país con acceso a la educación y capacitación necesaria.

 

Ojalá estemos todos de acuerdo en que hay que “fabricar” esos puestos de trabajo que necesitamos; pero ¿no deberíamos también acordar empezar a “fabricar” los trabajadores que necesitamos?

 

Quizás resulte naíf preguntarse esto en época de pandemia. O no. Pero, como periodista, me limito a hacer preguntas y, una vez más, aquí quedan los interrogantes planteados.

 

*Licenciado en Periodismo con honores por la Universidad Siglo 21.

Periodista en “Noticias de 4 a 6” y “Noticias de 6 a 8” en Canal 26.