Lusat 1, Primer Satélite Argentino de radiocomunicacionesLusat 1, Primer Satélite Argentino de radiocomunicaciones

Argentina tiene un extenso territorio, de más de 2.700.000 km², y cuenta además con una extensa presencia insular y antártica, en el extremo sur del Continente Americano.

 

Las necesidades de comunicación eran enormes, ya que el modelo de “estado presente” había "des-comunicado" a los habitantes de este territorio. El “modelo ENTEL” tenía graves falencias y brindaba servicios casi exclusivamente a “usuarios” de las grandes ciudades, siendo los mismos de mala calidad e inaccesibles.

 

Al llegar a Menem a la presidencia, en medio de este calamitoso escenario, destacó a las telecomunicaciones como prioridad nacional, en especial en la privatización de ENTEL.

 

La Ausencia de Satélites para Argentina

 

Por aquellos tiempos, la demanda de comunicaciones satelitales era escasa, por lo cual el sistema satelital cooperativo que Argentina integraba, llamado Intelsat, creado bajo el impulso del Presidente John Kennedy, cubría con muy poca capacidad a la demanda Argentina.

 

Desde hacía décadas, las diversas autoridades argentinas tramitaban ante la UIT, la Unión Internacional de Telecomunicaciones, el otorgamiento de puntos orbitales para ocuparlos con satélites nacionales, cosa que obviamente no se hacía por la falta de recursos y por la aun exigua demanda de capacidad. Recién con el boom del sector de las telecomunicaciones, la presencia de operadores naciones de datos y, en particular, con el crecimiento de la TV Cable en nuestro país en medio de la estabilidad económica de la convertibilidad, el tema satelital regresó a la agenda del sector.

 Menem operando como radioaficionado y el satélite Nahuelsat y su estación terrestre de Benavidez

Las Primeras Experiencias Satelitales: Lusat 1 y Victor, el satélite cordobés

 

Dos iniciativas, en los 90, marcaron el esfuerzo de nuestro país para lograr presencia en materia satelital: la primera fue el Lusat 1, un satélite desarrollado por radioaficionados argentinos para mejorar las comunicaciones de entre sí, y la segunda fue el satélite Víctor, desarrollado en Córdoba por el Instituto Universitario Aeronáutico Universitario con el apoyo de la Secretaría de Ciencia y Técnica de la provincia, bajo el liderazgo del Dr. Marcelo Rubio. Ambos lanzamientos constituyeron el ingreso de Argentina a la era satelital.

 

El Satélite Lusat 1

 

Este satélite fue desarrollado por AMSAT para facilitar las comunicaciones entre los radioaficionados. El Presidente Menem, que era radioaficionado bajo la señal distintiva LU1SM, tenía una apasionada pertenencia a esta “primera red social global” de la historia. Por ello apoyó con energía este proyecto que se concretó el 22 de enero de 1990, con lo cual Argentina ingresó de modo formal a su era satelital. El entonces Presidente Menem envió desde ese satélite un mensaje a los radioaficionados del mundo: “estudiantes, científicos y técnicos del mundo que accedan a este primer satélite argentino de radiocomunicaciones”; “es nuestro orgullo para nosotros los argentinos integrar el pequeño grupo de países que brindan sus satélites de comunicaciones para radioaficionados del resto del mundo”.

Revolución satelital en los 90 en la Argentina

El Primer Satélite de Comunicaciones: El Nahuel (Tigre)

 

El presidente Menem se interesó en la oportunidad de ocupar los puntos orbitales que Argentina reclamaba. En los 90, los satélites de telecomunicaciones de la región eran de Canadá, México, Brasil y Estados Unidos a través de Intelsat, la cooperativa integrada por países de América y otros.

 

¿Como podría Argentina tener sus satélites nacionales?

 

En esos tiempos, 1991, las prioridades en materia de comunicaciones estaban concentradas en la recuperación de la devastada red pública de telecomunicaciones, después de décadas de desinversión, con el incipiente desarrollo de la telefonía móvil y el fuerte avance de la TV Cable.
En una reunión de trabajo en la Casa Rosada, aconsejé al Presidente, en ese entonces como subsecretario de comunicaciones y con el pleno apoyo del Ministro Cavallo, que Argentina buscara ocupar sus posiciones orbitales a través de inversiones privadas y de riesgo.

 

Alcanzando lo Imposible

 

En el año 1992, solamente un país del mundo tenía satélites privados: Estados Unidos, a través de Panamsat, la empresa privada de satélites de Rene Anselmo, un pionero privado de la industria satelital. Todos los demás satélites, en la región y en el mundo, eran estatales y pagados con dinero del erario público.

 

Con el apoyo del Presidente y del ministro Cavallo, Argentina empezó a promover el interés de inversores nacionales y extranjeros. En este caso, los expertos de la industria de las telecomunicaciones consideraban que era un objetivo imposible lograrlo con inversión privada únicamente.

 

Desde el ámbito internacional también nos miraban con escepticismo. Mi dilecto colaborador José Sánchez Elía, que era el jefe del proyecto satélite, viajó a visitar a casi todas las empresas de satélites del mundo para interesarlas en esta licitación.

 

Previamente a nuestra tarea, en 1991 un grupo de expertos argentinos, encabezados por el Ing. Miguel Pesado, habían visitado al Presidente para expresarle su preocupación por el tema y el deseo de que Argentina ocupe los puntos orbitales, por la necesidades de comunicaciones y para sumar a Argentina al pequeño y selecto grupo de países con sus sistemas satelitales.

 Revolución satelital en los 90 en la Argentina

La Largada de la Licitación del Satélite Argentino

 

Mediante el Decreto que aprobó el pliego correspondiente, se inició el proceso de licitación con la modalidad de inversión privada. Se comenzó a movilizar el interés de empresas europeas, rusas y de Estados Unidos. Hughes, General Electric, Alenia de Italia, Aerospatiale de Francia y Deutsche Aerospace de Alemania, manifestaron de inmediato el interés. Las telefónicas de Argentina perecían desinteresadas y reacias a este "ducto satelital" que podría competir con sus redes y desarrollar negocios que ellas no controlarían, como las ya en ese momento exitosas empresas de trasmisión de datos satelitales.

 

Un complejo sistema de “lobbies” se aproximó al gobierno, entre ellos el máximo directivo de Telesat de Canadá, dueño de un satélite con poca vida útil, que quería que Argentina lo autorizara a prestar servicios en los últimos años de vida del satélite. No parecía atinado, ya que debería ser éste un negocio para el que lanzase, a su riesgo, el satélite nacional, ya que no recibiría ni monopolio ni exclusividad en las compras para la demanda satelital.

 

Salteando escollos, trabas y operaciones políticas y periodísticas, finalmente llegó el momento de recibir las ofertas. Tres consorcios se presentaron: Intelsat (con satélites que lanzaría pronto y que ofrecía ofrecer en prioridad a Argentina), una UTE argentina con dos socios locales muy importantes y general Electric como proveedor satelital, y el consorcio europeo integrado por Deutsche Aerospace, Alenia, Aerospatiale, Alcatel y Embratel (la empresa estatal brasilera de comunicaciones internacionales). Detrás quedaban las apuestas por el fracaso de la licitación, o los pronósticos como el que me hizo en mi oficina Rene Anselmo, dueño de Panamsat, que hasta ese momento era el único proyecto de satélite privado en el mundo.

 

Luego de la evaluación de las ofertas, y habiéndose descalificado a Intelsat, que no ofrecía lanzar satélites para ocupar los puntos orbitales “argentinos”, quedaron dos consorcios. Ante casi mil personas, en el salón de actos de la Secretaría de Comunicaciones, se abrieron las ofertas y allí, gracias al simple mecanismo de selección, surgió ganador el consorcio europeo.

 

La Sorpresa de Brasil

 

Luego de adjudicarse la licitación al consorcio europeo Nahuelsat, fuimos informados por el mismo que la empresa Embratel se había bajado del proyecto aduciendo que para participar necesitaban una ley del Congreso Brasilero. Sonó extraño y pedimos que enviaran ese dispositivo legal para analizarlo; nunca se recibió. ¿Qué ocurría? ¿Un shock de algunas empresas de ese país vecino a quienes no les gustaba que argentina se sumara al selecto club satelital? ¿Una sorpresa al descubrir que era posible lograr inversiones privadas en este rubro? Finalmente, y ante la inminencia de que el consorcio ganador se bajara de la licitación, viajamos a Brasilia a plantear ante las autoridades la extrañeza por esta decisión que dañaba los intereses de la República Argentina y ponía en peligro el proyecto satelital nacional. ¿No sabían, al momento de firmar su participación en el consorcio, de la existencia de este impedimento? En la visita a Brasilia, nos recibió un vice Ministro técnico del Ministerio de Comunicaciones que nos atendió de modo formal y nos ratificó que Embratel se bajaba del satélite argentino.

 

En ese mismo momento, el Presidente de Brasil Itamar Franco se encontraba en Buenos Aires, en visita de estado. A través del Ministro Cavallo, el Presidente Menem le planteó el tema de Embratel y… obtuvo la misma respuesta. Sólo una ley del congreso brasilero hubiera permitido esto. Es decir que el satélite Argentino, antes de estar en órbita, ya estaba “en el aire” y a punto de fracasar.

 

El Renacimiento

 

Luego de esos momentos de amargura, y a pocos días de que se vencieran los plazos, el consorcio europeo propuso una salida: aprobábamos el Consorcio sin la empresa brasilera y le otorgábamos un plazo para que sumaran otro socio. Así lo hicimos, y a los pocos meses propusieron a nuevos socios entre los que estaba ANTEL, la empresa uruguaya de telecomunicaciones que contribuyó al éxito del satélite Nahuel, que en lengua mapuche es “tigre” o “gran felino”, e hizo honor a su nombre: en medio de la adversidad, se relanzó con energía. Fue un gesto inolvidable de la cooperación argentina-uruguaya.

 

Luego de la adjudicación definitiva (la preadjudicación fue el 16 de diciembre de 1992), el Presidente aprobó además el sistema transitorio, en manos de la empresa argentina Paracomsat, a cargo de un consorcio que integraban el Dr. Bartolomé Mitre, director del diario La Nación, la señora Amalia Lacroze de Fortabat y otros importantes empresarios argentinos, además de la empresa Telesat de Canadá.

 

Argentina puso en marcha su sistema satelital de comunicaciones con inversiones nacionales y extrajeras, y resolvió en gran parte la demanda insatisfecha de comunicaciones satelitales.
Publicamos en los diarios nacionales un aviso muy llamativo, cuyo título era “En esta navidad, los argentinos recibirán un regalo del cielo” (diciembre de 1992), anunciando a los argentinos que en un punto orbital había un satélite para nuestro país.

 

El 10 de diciembre de 1996 se lanzó el Satélite Nahuel definitivo y se inauguró la Estación Terrena de Benavidez, pasando Argentina, además de ser miembro del club de los países con satélites, a convertirse en el segundo país del mundo con un satélite privado, con inversión extranjera, argentina y uruguaya, para brindar capacidad satelital a nuestro entonces incomunicado país y a toda la región.

 

El Presidente Menem y el Ministro Cavallo, que monitoreaban todos los pasos relevantes, apoyaron con energía esta licitación y festejaron este éxito.

 

Los Otros Satélites: Orbcomm, Globastar e Iridium

 

El Presidente Menem, primer presidente desde el regreso de la democracia en dar un corte definitivo a la inestabilidad institucional, estaba logrando éxitos notables en materia de estabilidad económica y había convertido a Argentina en un imán para las inversiones extranjeras.

 

Argentina necesitaba un shock de inversiones para mejorar la infraestructura, y eso solamente se lograría con inversiones privadas.

 

En pocos años, se sumaron en Argentina otros conglomerados satelitales que prestarían servicios a nuestro país: Orbcomm, una red de satélites de orbita baja que hoy son tan comunes, permitió acceder con datos a la Antártida, a las escuelas rurales y otros objetivos sociales, instaló su estación terrestre en San Luis con el decidido apoyo del entonces Gobernador Adolfo Rodrigues Saa. La empresa Globastar instaló en Argentina su estación terrestre regional en Bosque Alegre, Provincia de Córdoba para prestar servicios de telefonía móvil satelital y datos, convirtiéndose en un referente de esa actividad. El gobierno argentino prestó además firme apoyo para la autorización a la Red Iridium, que desplegó una agresiva red de satélites de comunicaciones móviles convirtiéndose rápidamente en un actor estratégico. En el marco de un apoyo institucional a Argentina, Iridium puso a disposición gratuitamente 183 teléfonos satelitales destinados a misiones de fuerzas de seguridad o humanitarias, incluyendo los respectivos terminales. Se utilizaron, por ejemplo, en las misiones de Cascos Azules en el Sahara Occidental, en la frontera Kuwait-Irak, en Chipre, en Angola, en Croacia y Bosnia. En el caso de los Cascos Blancos, se utilizaron en las misiones humanitarias argentinas en Palestina, Ruanda, Líbano, Armenia, entre otros.

 

Teledesic, el SpaceX de los 90

 

Craig McCaw, el pionero de la telefonía móvil de Estados Unidos, junto a Bill Gates, financiaron un sistema de satélites de órbita baja para asegurar banda ancha en las zonas rurales del mundo. Del mismo modo en que actualmente lo hace SpaceX de Elon Musk, o como intentó hacerlo Facebook con un sistema de globos aerostáticos.

 

En los años 90, Argentina promovía la garantía del acceso a Internet en las áreas rurales, zonas de montaña y región patagónica, a precios razonables. Teledesic era muy útil para ese objetivo.

 

Su creador y fundador, Craig McCaw, pidió ayuda al gobierno argentino ante la UIT (Unión Internacional de Telecomunicaciones) a fin de tramitar los puntos orbitales y las frecuencias para prestar el servicio terrestre. Argentina y Estados Unidos fueron los únicos dos países que se presentaron ante el organismo internacional respaldando la iniciativa Teledesic. Finalmente, ésta logró la aprobación por parte de la UIT y ofreció a Argentina todo su apoyo para el acceso a Internet de las áreas alejadas. Luego ese proyecto, por diversos motivos, tuvo problemas de financiamiento y se desactivó.

 

La Visión de Menem

 

La experiencia de vida y el puro sentido común llevaron al Presidente Menem a promover que el sector privado se hiciera cargo de todas las tareas posibles; en todos los casos el estado apoyaba y regulaba. En los años 90, en lo que fue un claro ejemplo para la región, Argentina logró convertirse en líder de la industria satelital sin que un solo peso saliera del erario público, con el dinero de europeos, estadounidenses y sudamericanos. En el caso del Sistema Nahuel, la inversión privada alcanzó a 300 millones de dólares entre el sistema provisorio y el definitivo.
Los ciudadanos argentinos disfrutaban esos servicios y los extranjeros corrían con los gastos y con los riesgos.

 

Luego de ello, los mexicanos y los brasileros copiarían a Argentina, y en materia de satélites de telecomunicaciones también avanzaron haciéndolo con inversiones privadas.

*Por Germán Luis Kammerath
Ex Secretario de Comunicaciones

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Columnista