Donald Trump y Joe BidenDonald Trump y Joe Biden, en llamas.

Con más de 20 años de duración, la de Afganistán fue la guerra más larga de la que se encargaron los Estados Unidos en toda su historia, y no fueron pocos los conflictos bélicos que encabezó la nación de la bandera de las barras y estrellas; muchos con suerte y consecuencias dispares. Cuando el pasado mes de agosto el último soldado estadounidense abandonó esa convulsionada zona del mundo, en el país del norte de América se desató otra guerra, tal vez menos visible o -acaso- la menos pensada. Pero el centro de los ataques no fueron los enemigos exteriores, sino el mismísimo presidente Joe Biden, en quién los sectores más extremos y duros del arco político -sobre todo un ascendente sector del Partido Republicano- ven a un inocultable títere del terrorismo internacional.

 

Es que, de acuerdo a los tradicionales estándares norteamericanos en cuestiones relativas a la política exterior, lo del mandatario demócrata es no solo una vergonzosa retirada con la cola entre las patas, unas mancha imborrable para el orgullo de los Estados Unidos, sino también un vía libre, casi un "siga siga" para que los terroristas -que en este caso ocupan el poder de facto en Afganistán- hagan y deshagan a su antojo. Con este marco signado por conflictos (de afuera y de adentro) Biden hace equilibrio en la cuerda floja, en medio de un peligroso fuego cruzado con acusaciones que incluso buscan mostrarlo públicamente como un presidente débil que (como si fuera poco) muchos creen ya está empezando a desvariar.

 

Como siempre sucede en estos temas urticantes y escabrosos, las intrigas palaciegas están a la orden del día y la conspiración viene de larga data, desde antes de asumir Biden la primera magistratura del país que hasta no hace mucho era poco menos que el "polícía del Mundo" y ahora huye por los techos. El argumento de que los Estados Unidos están en peligro permanente ante los ataques de sus enemigos desde el exterior siempre ha sido bien visto y bienvenido por la sociedad norteamericana toda (demócrata o republicana), solo que en otros tiempos no tan lejanos todos se sentían más seguros dado que las sucesivas administraciones gubernamentales actuaban con firmeza y dureza, sin dudar, animándose además a ataques preventivos para poner freno por anticipado a los que -según ellos piensan- atentaban contra su futuro.

 

El problema que ahora Biden encarna a la perfección -según la visión de muchos estadosunidenses- es que no solo no ataca, sino que retrocede sobre sus endebles pasos y permite el libre accionar de los enemigos de la Nación. El explosivo está activado y la cuenta regresiva comenzó. Todo con un escaso margen de error. El mensaje también llega claro mediante una (ya imparable) campaña en redes sociales.

 

El contenido de las acusaciones es tan escalofriante como estremecedor y real. Quiénes apuntan directo contra el actual presidente de los Estados Unidos afirman -a diestra y siniestra- que el anterior mandatario, el republicano Donald Trump, mataba terroristas, mientras que Biden -en cambio- acepta mansamente órdenes de los talibanes. Visto de ese modo, si se trata de tomar carrera y volver a por todas luego de la humillante retirada, el argumento es más que contundente y es cuando surge inevitable la pregunta: ¿Cuánto tiempo llevará para que los Estados Unidos vuelvan hacer pie en Afganistán?

 

Todo depende del método elegido. La opción del impeachment (juicio político) contra Biden cobra fuerza y sería la salida "políticamente correcta" en un país que (pese a su permanente prepotencia de puertas para afuera) busca mostrarse como un lugar civilizado. Aunque la posibilidad de declarar la insania mental del mandatario es algo que muchos ven con buenos ojos. Como sea, lo concreto es que pocas veces antes se ha visto semejante resistencia y furia contra la decisión de un presidente estadounidense.

 

Y lo más preocupante para el norteamericno medio es que la bronca viene desde la vereda de los rivales políticos pero también de la de los que -hasta hace poco- apoyaban y eran aliados. Se escucha decir -en voz no tan baja- por los pasillos de la Casa Blanca, el Pentágono y el Capitolio que habrá que "cambiar el chip" de quién ocupa el Salón Oval.

 

Pero hay más: no son pocos los que creen que en realidad lo que se debe cambiar es al mismísimo presidente de la nación.

 

En Estados Unidos -dicen- no hay golpes de Estado. Eso mismo creyeron John Fitzgerald Kennedy y Richard Nixon. ¿O es que acaso sí los hay?

 

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Marcelo García