Alberto Fernández, presidente de Argentina, conferencia, NA

*Por Sebastián Dumont

“Hay una toma de conciencia, ahora lo que ocurre que toman conciencia pero no saben cómo sigue. ¿Por qué? porque nunca fueron peronistas. Porque estaban en el peronismo como se puede estar en un hotel de vacaciones. Y descubrieron que no era así. Para ser peronista de verdad hay que combatir. Entonces tuvieron que salir a combatir”. El inicio de esta nota corresponde a parte de una respuesta que me dio Alejandro Alvarez, Jefe de Guardia de Hierro apenas había transcurrido el conflicto con el campo en 2008. La crisis desatada en el gobierno tras las elecciones primarias generó un revuelo con incierta desembocadura aún. Pero con algunas características similares a aquello. La irrupción del conflicto reitera una máxima: “Hay que volver al peronismo”. Los actores de ahora, eran los de antes. Sobre todo, Alberto Fernández y Cristina Kirchner.

 

Los cambios en el gabinete nacional y en el provincial tienen la lógica de buscar más “peronismo territorial”. El regreso de la vieja alianza entre el justicialismo bonaerense y el norte se hace presente en el gobierno de Alberto Fernández. En la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof tuvo que ceder al ingreso de la liga de intendentes del conurbano, con quien se resistió a gobernar hasta que no le quedó opción. Los resultados de estos giros están por verse, pero está claro la necesidad de un regreso a las características iniciales de cómo se estructuró el sistema político bonaerense.


Ahora, cabe preguntarse si aquello que en otras ocasiones funcionó, ahora interpreta correctamente la realidad Argentina encarnada en el conurbano, convertido en una muestra cabal del territorio argentino reducido en pocos kilómetros cuadrados. Solía decir Eduardo Duhalde cuando era gobernador e iba al Gran Buenos Aires que allí había un “crisol de razas”.


La batería de medidas con el objetivo de “poner plata en el bolsillo” para dar vuelta el humor social es, hasta ahora, la política sobresaliente del oficialismo para evitar turbulencias aún mayores después de noviembre. Es aquí donde se confunde la verdadera génesis del peronismo y su significado en la historia argentina. Intentado ser reducido a sólo un populismo, el fenómeno creado por Juan Perón es mucho más que ello. La política en su nombre se ha dedicado a construir todo lo contrario a su razón de ser. Y hoy los resultados están a la vista.

 

Alguna vez, retomando aquella charla con Alejandro Alvarez, le pregunté si la Argentina podría convertirse en Venezuela en algun momento. Me lo negó taxativamente: “Eso es imposible, porque en la Argentina pasó el peronismo y ello queda en la memoria colectiva de su pueblo”. Pasaron once años de dicha conversación. Las dudas se acrecientan atadas a la sensación que aquella memoria colectiva es la que está siendo traicionada por la dirigencia en nombre del peronismo. Por aquello de pensar que se es peronista con solo decirlo. O creer que se está en un hotel de vacaciones, reiterando la frase de inicio de esta nota.


El golpe más profundo que se le asestó a esa memoria colectiva que desdibuja el presente y explica en gran parte el enojo con el gobierno es la pulverización del ascenso social por intermedio del trabajo. Y esa categoría no se alcanza sólo con dinero. Va mucho más allá. Es sentirse parte y tener horizonte.


De allí que se explique el comportamiento de votantes en los lugares más rezagados del conurbano bonaerense. Datos llamativos a modo de ejemplo, con el escrutinio definitivo. En San Miguel, distrito del oeste el candidato más votado en las PASO fue Facundo Manes. Más allá que el oficialismo local lo acompañó, lo curioso fue que su mejor cosecha de votos se dio en los barrios más carenciados, donde el registro histórico siempre le devolvió una sonrisa a los candidatos vinculados al justicialismo. La izquierda anotó subas en casi todos los distritos del GBA. Es similar el caso de la buena elección de Javier Milei en barrios populares de la ciudad de Buenos Aires. Enojo y dispersión al no encontrar respuesta a sus problemas cotidianos.


La ausencia del peronismo se nota, hacia afuera, en la preponderancia de la lucha de clases por sobre el ascenso social. Y hacia adentro del gobierno se evidencia en la falta de conducción. El peronismo nunca fue bicéfalo. Por eso, Juan Perón cuando regresó a la Argentina en la década del 70, convencido que el poder sólo pasaría por él, terminó “enviando” a Héctor Cámpora a México.


Interesante la reflexión que aporta un experimentado dirigente peronista que prefiera mantener su anonimato consultado para esta nota. “El peronismo es la posibilidad del ascenso social. Del hijo del obrero que se convierte en profesional. Perón encarnó la posibilidad de la libertad. Por eso, hoy quienes levantan la bandera de la libertad suman tantos adeptos. Aunque parezcan ideas antagónicas. Nada más cerca de sentirse “preso” cuando se depende de una dádiva del Estado para subsistir”. La cultura de los planes sociales está lejos, muy lejos de parecerse al peronismo. Sin una clara interpretación profunda de esta situación, los resultados de setiembre tenderán a profundizarse en noviembre.


Por las recientes declaraciones de Juan Manzur pidiendo ayuda a Dios, y las del intendente del Escobar Ariel Sujarchuk asegurando que será muy difícil dar vuelta la elección, es claro que muchos en el oficialismo piensan en esa posibilidad. Al final, quienes aseguraban que en estas elecciones se jugaba el 2023 van a tener razón. El problema es que faltan dos años. Y ya comenzó el desmarque.

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