EL BURDEL DE PIAZZA

Este ciudadano heroico de la vida que es Roberto Piazza, que se auto-impone un virtual equilibrio entre su mente, su corazón y su espíritu , es capaz de encontrar esotéricas motivaciones en una ermita, en una pasarela, en un bar nocturno o hasta, tal vez, en un rutilante y sofisticado burdel.

Como de algún modo conoce todas las medidas de la existencia, puede y consigue expresarse en cualquier dimensión y en cualquier subalterna región de su espíritu, sin temer a la critica ni pretender el halago como corresponde a cualquier ser liberado de los otros y de sí mismo.

Noticias relacionadas

Este espectacular “burdel” que presenta en el “Café Moliere”, con una extraña mistificación de símbolos, colores, soliloquios, imponentes vestuarios y canciones, demuestran su versátil complicidad con la vida y ratifican su obstinada decisión íntima de ser lo que es…o no ser nada.

Deambulando también por el intimista escenario de “ Clásica y Moderna” , prescribe su proyectiva porción de arte como un juglar que el mundo transformó en una latente mezcla humana de dolor, de redensión , de rebeldía, de pasión y de funambulesco misticismo.

Es un pasajero del tiempo con un undécimo mandamiento propio: no claudicar. Por eso es posible que su “burdel “ sea una mistificación de la parte más esotérica y humana de eso que llaman” paraíso”.


UN INSONDABLE “SOUVENIR”

La fantasía puede hacer sido una constante en la ilusa o ilusionada existencia de Florence Foster Jenkins, una cantante afiliada a una fama tan enigmática como cualquier otra traviesa jugarreta de la vida.

No obstante, la historia o historieta de esta transeúnte de los escenarios sirvió para que Stephen Temperley elaborara una rutilante biografía , ideal para ser exhumada entre candilejas con una mezcla de humor, ironía y rigor y algunos otros elementos circundantes.

Karina K, en la enigmática piel de la desopilante Florence comprometió todo su provebial histrionismo, definiendo espectacularmente esto que podría concebirse como la simple verdad de una gran mentira o, en su defecto, la simple mentira de una gran verdad.

La enigmática realidad de esta también enigmática broma del destino se convirtió, gracias a la inspirada estrategia de Ricky Pashkus, en una exhuberancia escénica atractiva y convincente que sofisticó con innegable esplendor el virtual simbolismo de resignarse a escuchar cantar muy mal a alguien que, más allá de cualquier simbolismo, canta muy bien.

En el teatro Regina , con el siempre imponente vestuario de Renata Schussheim, esta fidedigna historia sigue demostrando que no hay nada imposible en la dimensión desconocida del arte o de cualquiera de sus artilugios.

Un aplauso extra para la sobresaliente interpretación de Pablo Rotemberg que agigantó su personaje a puro talento y sensibilidad.


LA VOZ DEL PUEBLO

No es difícil llegar a consignar en el eufemismo periodístico que este título alude a “CRITICA”, el finisecular diario con el que Natalio Botana cubrió durante décadas la azarosa vida de Buenos Aires.

En “Titulares”, Bernardo Carey sustentó el emblematismo histórico de Botana, su diario, sus amores y su vida , impregnando de un especial atractivismo toda la subyacente realidad.

La sobresaliente puesta en escena de José María Paolantonio, energiza la fecundidad implícita de toda esa evocación que duerme para siempre en la memoria y el sentimiento de los argentinos que, prodigiosamente, siguen conservando intactos sus memorias y sus sentimientos.

Muy bueno el desempeño de Awada, de Ana Yovino, de Cutuli y del resto del elenco en una recreación tan emotiva como minuciosa e inteligente.

En el Complejo Teatral San Martín, esta especie de traslación al pasado vívido de la city es, en rigor de verdad, una opción imperdible.


ENTRE CLARITA Y ESTELA

Alejandra Donnes , una autora con definida suspicacia y definido vuelo, vuelve a interceptar la esencia legítima del teatro con “Clarita y Estela….la vida continúa”, una disyuntiva escénica sustraída de la realidad vivencial de cada día y trajinada a puro humor, para que cada lágrima encuentre la porción de risa capaz de devolverle alguna de sus desvanecidas ilusiones.

En esa Agencia de Seguros de Vida, el encuentro entre las dos mujeres –tan casual como el destino eternamente propone y dispone- se materializa el verdadero ritualismo teatral con su más intransferible y auténtica idiosincrasia.

Un diálogo ágil, sutil, inspirado, suspicaz y proyectivo, rebasa con creces las expectativas de cada espectador que siente su sensibilidad halagada, su capacidad mental resguardecida y su, a veces deteriorado dinamismo interior, radiantemente redimido.

Erika Wallner con su proverbial versatilismo y una convincente Dora Mils , suscriben entre candilejas todas las arrogancias del talento netamente definido e imperturbablemente proyectado, en total acuerdo con la interesante alquimia directiva impuesta por Luz Kerz, la tercera de esa feminoide ecuación artística.

En el vasto escenario de “La Sodería”, este fidedigno equipo deschava cada Viernes las más intransferibles congruencias e incongruencias que el pintorequismo elemental de la existencia exhuma día a día.

Y COMO BRILLANTE BROCHE DE ORO ELEGIMOS ORNAMENTAR ESTA PAGINA CON UN ESPECTÁCULO QUE SE ENAMORÓ DE SU PROPIA MAGIA Y LA EXHIBE ESPECTACULARMENTE ENTRE CANDILEJAS:

LA SOMBRA DE FEDERICO

García Lorca es un tema con probada beatitud propia que enajenó su porción de patetismo para no oscurecer el brillo arrogante y seductor de la inmortalidad.

Jamás le será permitido abandonar la vida ni aferrarse a esa herida indefectiblemente absurda que es su muerte. De algún nostálgico modo, su existencia transforma su no existencia en una fantasiosa excentricidad que nunca logró enmudecer a la musa dormida en cada canto.

Ahora, sin haberse jamás despedido, aparece su sombra para cobrarle a la vida la factura de esa muerte irreverente, decretada por “nadie” que, según los duendes y los hados, es el nombre predilecto del destino.

Esta inquisidora “sombra de Federico” pernocta en el Teatro San Martin virtualmente custodiada por expertos.

Eduardo Rovner y César Oliva -una rigurosa dupla hispano argentina- propiciaron la trama que, de puro presuntuosa, se acopló al visceral histrionismo de Fabían Vena y Graciela Dufau para asegurarse de no perder su dosis de encantamiento en un escenario indiferente y frío.

Pero, inexorablemente, no puede haber frialdad ni indiferencia en la sensible estrategia escénica de Hugo Urquijo, acompañado este vez por los suculentos oficios de Adelaida Mangani.

Trece actores y dieciséis titiriteros coparon la escena proclamando subrepticiamente que el teatro sigue siendo el espejo de la vida, hasta que algún inspirado director ritualista decide eliminar espejismos y definir al teatro como la vida misma, con toda su enigmática provisión de realidades y delirios.

Es casi un privilegio toparse con esta nostalgiosa sombra de un Federico también nostalgioso y recordar el malabarismo poético de algunos de sus lucubraciones mágicas como la de esa fulgurante mozuela que aducía ser soltera pero tenía marido.

Todo el staff interpretativo (Aldo Barbero, Nestor Caniglia, Graciela Muñoz, etc) se integran con brillo a este ceremonia secreta y pública a la vez, presintiendo que como un poético e inexorable decreto de la vida, Federico nunca dejara de ser su propia y alucinada sombra.

Y PARTIMOS, HACIA LA PROXIMA ESQUINA, DONDE LA ACTUALIDAD ESPERA PALPITANTEMENTE SER RESCATADA Y ESPARCIDA.