Tifón forzó al Papa a abandonar Tacloban

Un temporal castigó la misa que Francisco dio en esa ciudad filipina. Una mujer que trabajaba en la organización falleció al caer una torre de parlantes cuya estructura cedió ante los fuertes vientos. Un avión de la comitiva presidencial también sufrió un accidente.
Sábado 17 de enero de 2015

El papa Francisco tuvo que acortar cuatro horas su viaje a Tacloban, en la isla de Leyte, debido a que se aproximaba amenazador un nuevo tifón (en Filipinas hay 220 al año), que hubiera puesto en peligro a todos si continuaban las ceremonias. Más tarde se informó que debido a la tempestad había muerto una voluntaria católica.

Ya a la llegada del avión de las líneas aéreas filiinas, con el Papa abordo, al aeropuerto de Tacloban había sido dificultoso por las ráfagas de viento y la intensa lluvia que hicieron bambolear al aparato y que durante la misa en el lugar mojaron mucho a Francisco y a los miles de devotos que asistieron al oficio religioso.

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A pesar de la lluvia, cientos de miles de personas le recibieron con entusiasmo y agradecimiento en la misa celebrada en la explanada del aeropuerto en condiciones de fuerte incomodidad y riesgo. Era como un mar de chubasqueros amarillos casi transparentes por motivos de seguridad. Una protección contra la lluvia que también utilizó Francisco durante la ceremonia.

Los fieles estaban a un metro sobre el nivel del mar en una zona en que el nivel del océano Pacifico subió ocho metros aquel 8 de noviembre del 2013, con vientos de 325 kilómetros por hora en la mayor tormenta de la historia.

El Papa había preparado un hermoso discurso escrito, pero en vista de la situación prefirió no leerlo sino hablar directamente desde el corazón en español, con un sacerdote que iba traduciendo cada frase al inglés.

Francisco les dijo que «si nos reunimos aquí catorce meses después de Yolanda es porque tenemos la seguridad de que no quedaremos defraudados en la fe porque Jesús pasó primero por su Pasión, asumiendo todos nuestros dolores».

El Papa les contó que «cuando vi desde Roma esta catástrofe, sentí que tenía que venir aquí, y decidí hacer el viaje. Quise venir para estar con ustedes. ‘Un poco tarde’, me dirán, pero aquí estoy». La respuesta fue un estruendoso aplauso de agradecimiento.

«Jesús no defrauda»
En tono coloquial, Francisco les repitió que «Jesús es el Señor, Jesús no defrauda. ‘Pero Padre’, me pueden decir ustedes: ‘a mí me defraudó porque perdí mi casa, perdí mi familia, perdí lo que tenía, estoy enfermo....».

El Papa les respondió: «Es verdad es que me decís y yo lo respeto. Pero Jesucristo pasó antes por todas las calamidades que nosotros sufrimos. Jesús es el Señor, y es Señor desde la Cruz. Allí reinó. Por eso él es capaz de entendernos pues se hizo en todo igual a nosotros. Por eso es capaz de acompañarnos en los momentos más difíciles de la vida».

En tono conmovedor reconoció que «tantos de ustedes han perdido todo. Yo no sé qué decirles. Jesús sí sabe qué decirles. Tantos de ustedes han perdido parte de la familia. Solamente guardo silencio y les acompaño con mi corazón en silencio. Tantos de ustedes se han preguntado mirando a Cristo, ¿Por qué Señor? Y a cada uno el Señor responde en el corazón desde su corazón».

Con una mezcla de dolor y humildad, reconoció que «Yo no tengo otras palabras que decirles. Miremos a Cristo. Él es el Señor y él nos comprende porque pasó por todas las pruebas que nos sobrevienen a nosotros. Y junto a él en la Cruz estaba la madre».

En tono familiar añadió que «nosotros somos como los niños que en los momentos de dolor, de pena, en los momentos en que no entendemos nada, en los momentos que queremos revelarnos, sólo podemos estirar la mano, agarrarnos a su falda y decirle ‘mamá’, como un chico cuando tiene miedo dice ‘mamá’. Es quizá la única palabra que puede expresar lo que sentimos en los momentos oscuros».

A continuación les propuso: «Hagamos juntos un momento de silencio. Miremos al Señor en la Cruz, y miremos a nuestra madre, y como el niño agarrémonos a la falda. Con el corazón digámosle ‘madre’. En silencio hagamos esta oración. Cada uno dígale lo que siente… No estamos solos, tenemos una madre, tenemos a Jesús, nuestro hermano mayor. No estamos solos».

Era un momento emocionante en que solo se escuchaba el viento y el golpear de la lluvia. Intentando consolarles, el Papa comentó que «también tenemos muchos hermanos que en este momento de catástrofe vinieron a ayudarnos. Y también nosotros nos sentimos más hermanos, porque nos hemos ayudado unos a otros».

Casi en tono de disculpa, manifestó que «esto es lo único que me sale del corazón. Perdonadme si no tengo otras palabras. Pero tengan la seguridad de que Jesús no defrauda, de que el amor y la ternura de nuestra madre no defrauda. Y agarrados a ella como hijos, con la fuerza que nos da Jesús, nuestro hermano mayor, sigamos adelante. Y como hermanos, caminemos adelante, juntos. Muchas gracias».