Asexuales: reivindican derecho a vivir sin sexo

Viernes 20 de febrero de 2015
Se hacen llamar “asexuales” y viven dentro de un sociedad en la que las marcas limítrofes del amor, el sexo y el romanticismo se confunden entre ellas dando lugar a lo que se compone como una fórmula perfecta.

Los asexuales forman un movimiento compuesto por hombres y mujeres de diversas nacionalidades, que reivindican el derecho a vivir sin sexo sin ser por ello estigmatizados socialmente.

El precursor de esta corriente asexual es Anthony F. Bogaert, académico de la Universidad canadiense de Brock, y especializado en los estudios de sexualidad humana. Sus publicaciones, especialmente el libro Understanding Asexuality, han ayudado a miles de personas a comprenderse mejor a sí mismas en lo que concierne a su impulso sexual o a la carencia de este. Su obra es un manual de referencia.

“La asexualidad se define como una falta persistente de deseo sexual hacia los demás”, dice el autor. Incluso hay quien lo señala como la cuarta opción, después de la heterosexualidad, la homosexualidad y la bisexualidad.

Esta elección personal genera una “identidad propia”, a la que se adhieren un gran número de personas que, hasta hace pocos años, no encontraban una explicación a lo que, aún hoy en día, se juzga y castiga socialmente con la incomprensión.

Para los asexuales, existe AVEN (del inglés, Asexual Visibility and Education Network), una comunidad internacional donde se pueden expresar sin miedo y en la que sus más de 100.000 miembros luchan activamente por la aceptación social.

AVEN proporciona recursos en investigación sobre la temática, favoreciendo la integración de estas personas.

Según afirman, los asexuales tienen las mismas necesidades emocionales que los demás y por ello son capaces de intimar con sus semejantes, aunque lo harán de una forma no sexual.

Asimismo se sienten realizadas como personas y no se pierden ni renuncian a nada, en la medida en que no sienten ese impulso sexual primario hacia los demás.

La falta de deseo no ha de interpretarse como un problema, según explica Font, salvo en los casos en los que se observe un cambio en la conducta sexual, que no se justifique ni busque, o que obedezca a situaciones farmacológicas o de estrés personal.

"Se puede vivir sin sexo de la misma manera que se puede vivir sin música", compara el sexólogo Pere Font