Dietas de hambre: comer sin placer estresa y engorda

El organismo percibe la baja ingesta de alimento como una amenaza a la supervivencia y dispara la reacción del estrés.
Miércoles 4 de noviembre de 2015
A la hora de alimentarnos, privarnos del placer nos puede causar estrés y mayor deseo de comer aquello que estamos evitando. Ahora bien, el estrés parece ser un factor muy importante en todo lo relacionado con el acto de comer. Al menos así lo demostró un estudio reciente publicado en la revista Neuron, en el que un grupo de investigadores suizos utilizó la resonancia magnética funcional para ver los cerebros de personas sometidas a una situación de estrés.

Quienes participaron de esta experiencia, primero, debieron poner su mano en agua helada por más de tres minutos y luego enfrentar diversos dilemas mentales en los que entraban en juego el autocontrol y los mecanismos de recompensa relacionados con la comida.

Los resultados obtenidos fueron comparados con los de un grupo de personas que no habían sido sometidas a aquella situación “estresante”.

Los investigadores pudieron determinar que en situación de estrés, los circuitos asociados a la recompensa y placer se amplifican y los relacionados con el autocontrol se apagan. Esto explicaría los atracones que, muchas veces, experimentan quienes están por dar exámenes o están muy enojados: el estrés puede generar mayor ansiedad por obtener placer inmediato.

Cada vez que nuestro cerebro, al filtrar la realidad, percibe algo y lo interpreta como una amenaza, sea ésta real o no, pone en marcha la reacción de estrés. Una situación que nos prepara para huir, pelear o… comer.

Tradicionalmente, esta tercera opción no era incluida en ninguna descripción científica. Sin embargo, en el consultorio siempre ha sido frecuente escuchar a los pacientes decir que comen porque están ansiosos, que lo hacen para calmarse. Lamentablemente no se jerarquiza el manejo del estrés en los tratamientos para perder peso.

Hoy sabemos que la comida no sólo cumple la función primordial de nutrirnos y otorgarnos placer, sino que además, comer disminuye el estrés y es un amortiguador de las emociones porque disminuye la hormona del estrés llamada cortidol. Frente a este síntoma, dos tercios de las personas recurren a la denominada comfort food. Se trata de alimentos que nos reconfortan porque nos hacen recordar la infancia, la abuela y los festejos. Generalmente son tentadoras mezclas de grasa con harinas, dulces o salados.
La comida se transforma en un estilo de afrontamiento, en una manera de responder a situaciones de la vida que se perciben como riesgosas. No se desea comida: se desea menos estrés y mayor tranquilidad, estados que se obtienen a través de la comida. Luego este comportamiento se transforma en hábito.

En la era de las dietas de hambre o extremas, las cosas no son tan simples. Cuando nos sometemos a ellas, el organismo percibe la baja ingesta de alimento como una amenaza a la supervivencia y dispara la reacción del estrés. Nos volvemos más irritables e intolerantes. El problema es que se establece una suerte de círculo vicioso: el estrés engorda porque intentamos controlarlo con comida.

Estrategias antiestrés

Para poder manejarlo, lo primero es reconocer la situación de estrés. Luego, lo mejor es armar un “ambiente seguro”: tener lo que se va a comer hoy, cocinar la cantidad de comida que se va a comer en el día, comprar en el supermercado sólo lo que se necesita (tener de más puede llevar a comer de más). Y, sobre todo, saber que tenemos derecho a comer rico: no hay alimentos malos, sino porciones excesivas.

Finalmente, frente al estrés, en lugar de comer lo mejor es utilizar cualquier estrategia, menos alimentos: amigos, deporte, palabras cruzadas, tejer, escribir, automasaje de manos. Un sinfín de opciones para implementar con el objetivo de disminuir la tensión; de esta forma el interés por la comida se habrá dispersado. Y lo mejor: no se habrá ganado peso sin hambre.