La más reciente película de Woody Allen, "Scoop", con Scarlett Johansson, es una comedia de investigaciones que devuelve al director y a la actriz al mundo de "Match Point", en un tono menor pero por momentos sumamente divertido.

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Johansson es aquí una estudiante de periodismo llegada a Inglaterra desde los Estados Unidos que conoce a un ilusionista (Allen) con quien entabla una extraña relación "profesional": ambos deberán descubrir si un joven aristócrata (Hugh Jackman) es un criminal.

Los dos se atribuyen personalidades ficticias en el que ella es "hija" del mago, quien a su vez se hace pasar por un rico petrolero estadounidense, al tiempo que con su porte esmirriado hace trucos con barajas ante la alta sociedad londinense.

El filme traslada al siglo XXI las andanzas de Jack el Destripador por los barrios bajos, donde alguien asesina en serie a prostitutas de ciertas características físicas y deja alguna huella para desafiar a las autoridades.

Que se sepa, la policía investiga poco y nada esos casos, aunque en cierto momento se da el nombre de un individuo alterado mentalmente como el responsable de la matanza; eso es lo que dice la prensa, por lo menos.

El problema es que la chica se enamora perdidamente del sospechoso y se expone a circunstancias en las que podría irle la vida, según sospecha su falso padre, que tendrá un serio problema al guiar su vehículo por caminos ingleses, "donde se maneja por la izquierda".

El tema del ilusionismo y la magia siempre le interesó al cineasta de Manhattan, como sucedía en su episodio de "Historias de Nueva York" (1989), en la que un mago de feria hacía desaparecer a su madre que, sin embargo, continuaba atormentándolo desde el cielo.

Otras de las constantes es su fascinación por los criminales cínicos: pasaba con Martin Landau en "Crímenes y pecados" (1989) y con Jonathan Rhys Meyers en la citada "Match Point" (2005), siempre ayudados por una pizca de suerte.

Cualquiera imagina que los elegantes ricachones con los que se codea la pareja van a descubrir la patraña de sus personalidades e intenciones, pero el guión tiene la sutileza de tomar un atajo para evitar que la comedia se transforme en vodevil.

Aquí lo que más importa no son las facilidades que se toma el guión del mismo Allen para conducir una historia que tiene su suspenso y que guiña en algún momento a Alfred Hitchcock, sino el talento del autor para ensartar las réplicas más desopilantes que hubo en años.

Aquellas facilidades no quieren decir, sin embargo, que la narración no posea un equilibrio adecuado y que los personajes no sean verosímiles a pesar del disparate, algo que sólo los grandes comediógrafos son capaces de plasmar.

Hay elementos sobrenaturales en el relato, como la primicia ("scoop") que le da a la chica el fantasma de un periodista (Ian McShane) y un prólogo y un epílogo en el que Allen se anima a saludar a Ingmar Bergman y a Carl Theodor Dreyer.

Si bien "Scoop" no está a la altura de otras obras del comediante, incluye aunque livianamente los temas de la muerte, el amor y la búsqueda de la verdad, sin la amargura de, por ejemplo, "La mirada de los otros" (2002).

Tampoco parece un camino errado, como suponían "Ladrones de medio pelo" (2000) o "La maldición del escorpión de jade" (2001), en las que se temía que el genio de Allen se estuviera evaporando sin remedio.

Si a algún título hay que referirse es a "Misterioso asesinato en Manhattan" (1993), donde Woody y Diane Keaton también corrían como detectives aficionados tras un posible asesino, con las confusiones del caso matizadas con sabrosos comentarios.

Cuando se oigan los compases de "El lago de los cisnes" como fondo de los sucintos títulos de presentación, en lugar de los viejos temas jazzísticos de sus películas estadounidenses, deberá pensarse que no es en vano: una secuencia esencial del filme tendrá que ver con ello.