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El comercio y la prostitución constituyen dos actividades ancestrales, que arrastraron un historial de mala imagen, algo difícil de comprender por su existencia generalizada en casi todas las culturas y en todas las regiones del mundo.

 

La nobleza sentía desprecio por los mercaderes y burgueses, que financiaban sus vidas de despilfarros. Una escuela económica reconocía a la agricultura como la fuente de la riqueza y posteriormente, los clásicos definieron que la causa del valor de los bienes era el trabajo humano.

 

Comprar y vender ganando una diferencia entre el precio de venta y el de compra no fue nunca una actividad que diera estatus, incluso ser comerciante en algunas sociedades es un descalificativo social y hasta llega a ser un insulto.

 

Lo sorprendente es que la descalificación de la nobleza a los comerciantes fue heredada por alguna izquierda que odia todo lo que constituya la actividad comercial.

 

Desde la Segunda Guerra Mundial hasta la aparición de la pandemia el comercio mundial no paró de crecer, y las naciones que tenían mayor participación eran las que más crecían y sus economías más fuertes y sus pueblos contaban con la mejor calidad de vida.

 

La lógica indicaría que el país mejor posicionado es el que vende mucho y compra mucho, no es viable sólo vender ni tampoco es sostenible solo comprar. Es muy raro encontrar un país autosuficiente que viva solo para el mercado interno, y si es importante defender el mercado interno igualmente lo es competir en los mercados globales.

 

Esto significa participar en las grandes ligas, que requiere calidad, precio, responsabilidad en las entregas y comerciar volúmenes importantes. Nuestro país es un gran jugador en los mercados de productos agropecuarios, tiene un alto desarrollo tecnológico, es uno de los grandes exportadores y produce calidad demandada por importantes compradores.

 

Es un sector tan eficiente que soporta fuertes impuestos a las exportaciones, que casi no existen en el mundo, que invierte en tecnologías, genética y maquinarias y expande la producción año tras año.

 

En cualquier lugar de la tierra se cuidaría a la gallina de los huevos de oro, es más, las grandes naciones subsidian la producción agrícola, pero nosotros tenemos funcionarios que la consideran una desgracia y como política comercial llegan a cerrar las exportaciones de carne porque sube el precio en el mercado interno.

 

Estos espasmos son muy costosos en el comercio internacional, cuando se pierde un mercado es difícil volver a conquistarlo, máxime cuando existen proveedores alternativos que pueden ocupar el espacio que perdemos. En oportunidad de una visita oficial a un país del oriente le pregunté a un funcionario porqué en las góndolas de los supermercados había vinos chilenos y no se vendían vinos argentinos, la respuesta fue muy dolorosa, ”los vinos argentinos son mejores pero ustedes como proveedores son demasiado incumplidores, cuando tienen un problema interno nos dejan sin la mercadería“

 

Cuando no se puede vender muchos salen del negocio o se corren a otra actividad más rentable. En nuestro país las trabas al comercio de carnes terminan en la producción de soja, con el riesgo de caer en el monocultivo, este fenómeno también es válido para las economías regionales.

 

Paradojas de nuestro país donde desde la Capital que vive principalmente del sector público y de servicios, se toman decisiones sobre el comercio que en pocas horas cambian reglas de juego, hacen perder puestos de trabajo, crean desánimo en los productores y finalmente espantan la inversión.

 

La suba del precio de la carne es un problema grave por lo que significa en los hábitos alimenticios y porque además es el regulador de los precios de todos los alimentos alternativos, pero el remedio de prohibir la exportación ya fue probado en el pasado con pésimos resultados, cayó la existencia de cabezas, se perdieron mercados, y el precio al público nunca bajó.

*Por Oscar Lamberto

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